Ella lo miró un instante. Tenía la mente nublada a causa del vino.
Sintió la tentación de espetárselo a De Soulis, pero no dijo nada.
—Me preguntó a qué se debe este silencio tuyo —siguió el alguacil—. Se dice que la Doncella Cisne de Elladoune no habla debido a un embrujo. Pero yo sospecho que responde a un carácter mimado... o a la necesidad de mantener algunos secretos. Secretos de los rebeldes.
Ella volvió la cabeza y cerró los puños sobre el regazo. El silencio era la única protección que ella misma podía procurarse. Por mucho que los ingleses le hicieran, no podrían llegar a lo más recóndito de su ser... ni podrían enterarse de todo lo que ella sabía acerca de los rebeldes.
De Soulis se inclinó sobre ella:
—Algunos hablan de brujería —dijo—. Es mejor evitar ese tipo de acusaciones, así que te sugiero que hables para defenderte.
Juliana bajó la cabeza y rozó con un dedo la cadena de oro. Ojalá estuviera en Escocia, pensó. Allí, en las Highlands, la brujería no era algo por lo que se acusara a nadie, al contrario que en Inglaterra.
—Muy bien —murmuró De Soulis—. Guárdate tus secretos por ahora. Algún día, tú y yo hablaremos. —Su tono era duro. Azuzó al caballo y se reunió con los caballeros a la cabeza del grupo.
Juliana miró hacia Gawain, que parecía estar metido en una animada conversación con Sir Laurie, el caballero que solía cabalgar junto a él. Al parecer, su esposo no advertía las amenazas de De Soulis hacia Juliana... ¿o acaso sí estaba al corriente y sin embargo no hacía nada?
La joven suspiró. Gawain Avenel era el sueño ideal para algunas, pensó: un perfecto caballero, cortés, guapo y fuerte, noble y diestro.
Ya se había arriesgado por ayudarla en un par de ocasiones y, por lo tanto, ella le debía mucho. Pero no podía confiar en él, a pesar de sus buenos modales. Su boda no había sido más que una farsa.
Dirigió la mirada hacia las bajas y verdes colinas de la campiña inglesa. Su energía física había decaído a causa del vino especiado y del estrés de las últimas semanas, y también su ánimo estaba mermado.
Tenía unas ganas desesperadas de estar en su hogar, y tan sólo aquello lograría que se recuperara totalmente.
Pero se preguntaba si estaría a salvo en su casa. Su Caballero Cisne ya había aparecido en dos ocasiones (años atrás y la noche anterior) para salvarla de los peligros que la acechaban. Sin embargo, él mismo la había encadenado (y aquella misma noche) sin al parecer importarle tal humillación. Sin duda, mantenerla cautiva era básico para conseguir su propósito, fuera el que fuera.
Quizás, como De Soulis, Gawain quería conocer sus secretos.
Uno de ellos, que Juliana había mantenido oculto con los demás, era haber amado al Caballero Cisne durante años. Hecho de sueños y anhelo, aquel amor no podía salvarla, ahora. Y tampoco podía ser revelado.
Los ojos se le llenaron de lágrimas, y agachó la cabeza. Al cabo de un instante, el soporífero efecto del vino, aún potente, la volvió a sumir en un profundo letargo.
La escolta recorrió la carretera romana que se dirigía hacia el norte desde Newcastle. Al acercarse a una villa, granjeros y segadores cesaron en sus tareas para observar a los caballeros del rey. Algunos se acercaron al margen de la carretera llevando niños en brazos, y otros chiquillos corrieron detrás de la procesión.
Gawain advirtió que otra gente había cruzado el campo para contemplar el paso de la escolta militar. Señalaban con el dedo hacia la extraña visión de una dama encadenada con grilletes de oro y vestida como un cisne.
De Soulis galopó hasta la cabeza del grupo y levantó un brazo:
—¡Aquí tenéis a la Doncella Cisne de Elladoune! —anunció, voz en grito—. ¡Ved lo que les ocurre a los escoceses cuando se rebelan contra el rey Eduardo! Los ingleses podemos vencer incluso a alguien de quien se dice que tiene poderes mágicos. ¡Incluso ella se ha rendido ante la justicia inglesa!
Gawain masculló para sí, furioso:
—¿ Qué demonios... ?
—¡Bruja! —gritó alguien, y un puñado de tierra golpeó a Juliana en la espalda. Juliana abrió los ojos, aturdida y confusa. Entonces, un pedazo de barro la alcanzó en la mejilla, y ella se la limpió con el dorso de su mano encadenada. Irguió la cabeza.
—¡La Doncella Cisne de Elladoune! —bramó De Soulis nuevamente—. ¡Se le dio caza en Escocia y fue llevada ante el rey Eduardo!
¡Le hemos cortado las alas, como podéis ver! ¿Tiene realmente poderes, como aseguran los escoceses? ¿O es simplemente una rebelde que merece ser castigada?
—Maldito patán —gruñó Laurie. Gawain se volvió a tiempo para ver que otro puñado de tierra alcanzaba a Juliana de lleno en el pecho.
Ella jadeó levemente al recibir el impacto. Gawain masculló para sí e hizo girar a su caballo para enfrentarse a la multitud con la mano en la empuñadura de su espada:
—¡No oséis armar ningún alboroto en esta escolta real! —bramó.
Unos cuantos retrocedieron. Dos muchachos se detuvieron en seco y escondieron ambas manos tras la espalda. Gawain les dedicó una fiera mirada e hizo alejarse a Gringolet de allí.
Al otro lado de la carretera, Laurie cabalgaba arriba y abajo, como Gawain. En pocos momentos, otros caballeros hicieron lo propio.
Galopando a la cabeza del grupo. De Soulis seguía llamando la atención sobre la Doncella Cisne de Elladoune.
Otro pedazo de barro voló hacia el carro. Laurie azuzó a su caballo y se dirigió hacia unos muchachos que llevaban bolas de fango en las manos. Los chicos se dispersaron, chillando, al ver que el jinete estaba dispuesto a embestirlos.
—Ya basta —gritó Gawain. Galopó hacia De Soulis, que encabezaba la escolta—. ¿Qué demonios significa todo esto? —le espetó al alcanzarlo.
—Órdenes del rey —repuso De Soulis.
—Usted es un alguacil, señor, no un bufón con un espectáculo ambulante. Está avergonzando a la dama. Es impropio de un caballero.
—No todos somos caballeros tan ejemplares como los Avenel—replicó, burlón, De Soulis.
—Eso no tiene nada que ver. Esa dama es mi esposa.
—En ese caso, haz tú mismo la presentación. Tengo la garganta reseca.
Gawain respiró hondo:
—Ya basta —dijo.
—Estoy al mando de esta escolta mientras sigamos en Inglaterra.
Si el rey quiere que la dama sea exhibida, así será. Según las órdenes escritas, ella no está a tu cargo hasta que lleguemos a Escocia.
—Al parecer, no entiende usted lo que le estoy diciendo —gruñó Gawain—. No va a haber ni una sola presentación más.
De Soulis lo miró fijamente:
—¿Es eso una amenaza? ¿Ya demuestras lealtad hacia esa chica, tan pronto? Debió de portarse muy bien contigo anoche.
—Tenga cuidado —le advirtió Gawain—. Está hablando de mi esposa.
—La defiendes con uñas y dientes, ¿verdad? —De Soulis lo miró con malicia—. Te recuerdo bien, Avenel. Tú estabas en Elladoune cuando el castillo del padre de esa dama fue tomado. Ayudaste a algunos rebeldes a escapar. ¿También la ayudaste a ella, aquella noche?
—No me acuerdo. Hace mucho tiempo de eso.
—Dime... ¿te ha hablado?
—No —mintió Gawain.
—En Escocia dicen de ella que es una criatura encantada, y que puede convertirse en cisne cuando le parece.
—Y también dicen —replicó Gawain—, que usted lleva una armadura embrujada.
—Idiotas. Ese rumor lo empezó algún majadero hace tiempo, y aún me persigue hoy en día.
—Lo mismo le pasa a esa dama —dijo Gawain—. Ha sido criada y educada en el hogar de un abad. Tengo entendido que lleva una vida muy devota.
—Conozco al abad Malcolm, y tú también lo conocerás. Parece un hombre apacible y reverente. A veces me pregunto si es un loco... o un rebelde muy listo. Sea como sea, es sospechoso y hay que vigilarlo. Es mejor que estés avisado, ya que te diriges a Elladoune.
—¿Un abad en el papel de rebelde? Interesante —repuso Gawain.
—Algunos clérigos escoceses son aún más fieros que los propios guerreros escoceses. Los hermanos en Inchfillan parecen bastante de fiar, de todos modos. Les pedí al abad y a sus monjes que cuidaran de Elladoune durante la ausencia del destacamento, pero les ordené a mis propios hombres que los vigilaran a ellos. Si se está llevando a cabo alguna actividad sospechosa, la trampa se cerrará sobre todos ellos.
—Sonrió—. También vale la pena vigilar a la dama.
—Dudo que sea capaz de ningún mal.
—Ya está implicada. Ten cuidado —añadió De Soulis—. Te compadezco, Avenel. Rebelde o bruja, serás completamente responsable de ella una vez llegados a Escocia.
Gracias a Dios, pensó Gawain.
Hizo girar al caballo y volvió atrás. De Soulis le siguió. Cuando Gawain guió al bayo para que cabalgara en paralelo con el carro, De Soulis se le acercó. Gawain se sintió como si lo acosara un molesto y pesado moscardón que no hubiera manera de ahuyentar. Siguió cabalgando en silencio sin ni siquiera mirarlo.
—Cuando llegues a Elladoune —dijo De Soulis— y tengas un destacamento, puede que te ordenen perseguir a los rebeldes de la zona.
—Eso dependerá de cuántos hombres estén destinados allí.
—Muy pronto cruzaremos la frontera escocesa y nos dirigiremos hacia el este, al castillo de Roxburgh. Aymer de Valence tendrá algo que decir sobre el destacamento de Elladoune.
Gawain tuvo de pronto una idea y la puso en marcha sin perder tiempo:
—En ese caso, dígame lo que sabe. Voy a dejar la escolta al final de esta carretera para tomar la bifurcación del este, hacia Northumberland.
De Soulis lo miró fijamente:
—No he visto orden alguna respecto a esto.
Gawain se dio unas palmaditas en la casaca:
—Tengo un salvoconducto para visitar la casa de mi familia en el castillo de Avenel. —La había obtenido antes de la fiesta, la boda y las nuevas órdenes del rey—. Tengo la intención de quedarme unos días allí. Cruzaré a Escocia para reunirme con usted y el resto. La dama va conmigo —añadió con firmeza.
—¡Pero si ella está bajo el cuidado de mí escolta!
—No voy a dejar a mi esposa en compañía de hombres sin ni una sola mujer que se ocupe de ella. Estoy convencido de que entiende usted los problemas que pueden derivarse de llevar a una prisionera a un castillo militar tan grande como Roxburgh.
—Mis órdenes especifican que la Doncella Cisne debe ir encadenada y vigilada a todas horas. Se la confinará en una celda de Roxburgh hasta que acabemos las reuniones.
—Será vigilada en el castillo de Henry Avenel. El rey Eduardo en persona suele ir por allí a menudo, y sin duda aprobará la autoridad de su amigo... que usted parece poner en entredicho.
De Soulis refunfuñó, y luego cedió:
—Un día, nada más.
—Cuatro —replicó Gawain.
—Imposible. Dos.
—Muy bien. Dentro de dos jornadas, a mediodía, me reuniré con usted en una posada en el lado escocés de la frontera, junto a Kelso.
—Conozco el lugar. —De Soulis asintió—. Llévate parte de la guardia cuando te vayas.
—A mi madre no le complacería ver guardia militar en su casa —repuso Gawain—. Y a Sir Henry Avenel tampoco.
—No me gusta todo esto. Pero, al menos, en tu padre se puede confiar. Es mejor no llevar a una prisionera a Roxburgh, como dices.
De acuerdo. Al mediodía del sábado, en la posada cerca de Kelso. Gawain asintió, y luego azuzó al caballo para alcanzar a Laurie.
Miró hacia atrás, a Juliana. Dormía de nuevo, con la cabeza apoyada en el fardo de heno y los ojos cerrados. Tenía el aspecto de una flor mustia, con el vestido y el bonete de plumas arrugados y sucios.
Observó a su casi desconocida esposa y pensó, entre intrigado y admirado, en la curiosa mezcla de fragilidad y fuego que era Juliana.
La pasada noche, la furia y el carácter decidido de la joven le habían sorprendido, y su presencia en la cama había despertado una pasión que Gawain no podía simplemente ignorar.
Se preguntó acerca de aquel escogido silencio y sobre los rumores de hechizo. ¿Acaso eran a causa del que él mismo había empezado, años atrás, mientras Elladoune ardía? La leyenda había crecido en torno a Juliana, y Gawain deseaba profundamente saber por qué.
—Juliana.
La joven despertó cuando una mano le rozó el hombro. Abrió los ojos. Gawain estaba allí, junto al carro. Parecía preocupado, con el ceño fruncido. Pero su mano y su voz eran suaves:
—Señora. Despierta, vamos. Hemos llegado a la bifurcación de la carretera. Ven conmigo. —Alargó el brazo, la asió por el codo y la ayudó a incorporarse hasta quedar sentada.
Juliana se dejó ayudar. La cabeza le daba vueltas. Se iban, pensó.
Abandonaban la escolta. Eso le dio fuerzas para moverse, a pesar de lo muy aturdida que se sentía.
Quería preguntarle a Gawain a dónde se dirigían, pero no podía, con tantos hombres observándolos.
Gawain la levantó en brazos, la sacó del carro y la dejó en el suelo, entre el tintineo de las cadenas. Bajo los pies de Juliana, el suelo era sólido, agradable después de tanto tiempo en el carro. Y también agradables eran los brazos de Gawain rodeándola.
De Soulis los contemplaba, con los otros hombres, y su rostro reflejaba aspereza. Gawain acompañó a Juliana hasta Galienne, el palafrén gris. Luego sacó una pequeña llave de hierro de su zurrón y la insertó en el cerrojo de la cadena de oro que aprisionaba el cuello y las muñecas de Juliana.
Ella le sonrió, pero Gawain no la miraba. La subió a la silla de montar y se alejó con las cadenas de oro reluciendo entre sus manos.
Juliana suspiró con alivio y echó un vistazo alrededor preguntándose si ya habrían llegado a Escocia, aunque el paisaje todavía le parecía llano, verde e inglés. Algo había sucedido mientras dormía. Se sentía un tanto confusa. Pero, al menos, los efectos del vino habían desaparecido casi por completo.
—¿Qué haces? —De Soulis cabalgó hacia ellos—. ¡El rey ordenó que estuviera encadenada a todas horas! He concedido que te la lleves, pero no tienes autoridad alguna para liberarla de sus cadenas.
—No voy a presentar a mi esposa encadenada ante mi madre.
—Metió las cadenas en una bolsa detrás de la silla y subió de un salto al bayo.
Juliana lo miró con los ojos muy abiertos. ¿Madre? Deseó poder preguntarle a Gawain a dónde la llevaba. No quería ir a su castillo inglés. ¿Cómo podría entonces volver algún día a Escocia?
—Llévate un guarda contigo —saltó De Soulis—. La dama es una prisionera de mucho valor, y no podemos perderla.
—No irá a ninguna parte, se lo aseguro. Pero mírela bien. Está tan débil que casi no puede sostenerse sobre el caballo. Unos días de descanso no cambiarán su condición de cautiva, pero pueden salvar su salud.
—¡No deberías tener tú la custodia de esa llave! Informaré de esto a los consejeros del rey.
—Informe de ello a quien le parezca —replicó Gawain—. Dígales que trato a la dama con cortesía.
—No se puede confiar en ti —escupió De Soulis.
—Las mazmorras del castillo de Avenel —dijo Gawain— están en buenas condiciones.
Juliana, que escuchaba con avidez, lo miró boquiabierta. La iban a confinar a otra celda inglesa... con el consentimiento de la propia madre de Gawain, al parecer.
Gawain ignoró su mirada de alarma. Asió las riendas del palafrén de Juliana y tiró de ellas, mientras azuzaba a su caballo. Juliana se tambaleó sobre la silla, y sus rodillas se agarraron con fuerza a los costados del caballo. Sentía el frescor de la brisa de verano en su cuello y en las muñecas, pero el corazón le latía con demasiada fuerza.
Después de unos instantes, Juliana oyó cómo la escolta se alejaba al galope en la dirección contraria. Aliviada por no tener que soportar más la humillación de ser llevada sobre aquel carro, se sintió sin embargo recelosa. Su Caballero Cisne la había rescatado de nuevo... para hacerla caer otra vez en la más profunda incertidumbre.
Si hubiera podido huir en aquel mismo instante y lugar, lo habría hecho.


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