Estaba más delgada que nunca, y eso que apenas hacía un mes que Gawain la había visitado por última vez. De cabellos oscuros y ojos castaños, como su hijo, lady Clarice todavía era una mujer hermosa, aunque había perdido fuerza. Su lenta enfermedad parecía menguarla e iluminarla desde dentro. Cada vez que Gawain la visitaba, tenía la sensación de que ella era un poco más espíritu que carne, como gradualmente transformada en su camino hacia la muerte.
Sus cabellos habían adquirido un tono plomizo y sus ojos estaban hundidos y ojerosos, pero en el fondo de sus pupilas brillaba una luz intensa y cálida. La elegante silueta de su constitución ósea se apreciaba claramente en su rostro y en las delgadísimas manos que reposaban en los brazos de la silla.
La mujer sonrió:
—¡Gawain! ¡Oh, Gawain!
—Mamá. —Gawain se acercó a ella y se inclinó para besarla en la apergaminada mejilla—. Veo que estás bien.
—Lo suficiente por ahora, e incluso mejor desde que he sabido de ti a través de Robin. Cariño, todavía estás muy delgado. Tenemos que alimentarte bien mientras estés aquí. —Desvió la mirada hacia detrás de su hijo—. ¡Y esta joven debe de ser tu esposa!
—Juliana Lindsay —repuso Gawain suavemente. Se acercó a Juliana, la tomó de la mano y volvió con ella junto a lady Clarice rezando por que la recién casada frenara su lengua al hablar con su madre, aun si no pensara hacer lo mismo con él. Como todos los miembros de su familia, Gawain temía avivar la sombra de muerte que pendía tan cerca de lady Clarice.
—Lady Clarice de Avenel -le dijo a Juliana. Ella inclinó levemente la cabeza, y sus enormes ojos azul intenso sobre la palidez de su rostro miraron de Gawain a la madre, y otra vez a Gawain. Este advirtió el asombro de la joven. No le había dicho que su madre estaba gravemente enferma. Las palabras necesarias dolían demasiado para poder pronunciarlas.
—Robin me dijo que os habíais casado —dijo lady Clarice— Es una feliz noticia, y una agradable sorpresa. El rey Eduardo está dando muchas sorpresas últimamente. Henry le pidió consejo para encontrarte esposa, y entonces el rey te ordena que te cases con una de sus propias invitadas. El Caballero Cisne y su Doncella Cisne. Qué amable por parte de Eduardo.
—Desde luego —repuso Gawain, comprendiendo al instante la historia que Robin debía de haberle contado a su madrastra, sin duda por petición expresa de Henry.
—Juliana, sé bienvenida. —Clarice empezó a ponerse en pie— Acércate.
Gawain masculló una protesta, y alargó el brazo. La criada se acerco y empujó delicadamente a lady Clarice por el hombro hasta sentarla de nuevo en la silla; luego, le acomodó el almohadón contra el que descansaba la espalda.
—Oh, apártate, Philippa —exclamó lady Clarice, irritada— Déjate de tantos aspavientos. No soy una pieza de cristal. Quiero saludar a mi nueva hija, y tú tan sólo me importunas. La pobre muchacha va a asustarse si lo que ve es a una pobre anciana en el cuarto de un enfermo Ayúdame a levantarme, Gawain. —Philippa miró al joven buscando su ayuda. Él suspiró y ayudó a su madre a ponerse en pie.
La notó frágil entre sus manos, pero también percibió su testarudo espíritu. La sostenía como un pariente preocupado:
—Mamá, con cuidado...
—Oh, cállate. Bienvenida a Avenel, Juliana. Esta es tu casa.
Juliana estaba delante de ella:
—Lady Clarice —repuso, e inclinó la cabeza— Es un honor que me reciba usted tan amablemente.
Soltando un levísimo suspiro de alivio, Gawain tomó de nuevo la mano de Juliana y la atrajo hacia sí. Ella le dedicó una sonrisa de enamorada, dulce y sincera. Él se la devolvió, totalmente agradecido.
De repente, sentía ganas de besarla de nuevo. El sabor a miel de aquel beso aún perduraba en sus labios, aún le hacía hervir la sangre.
—Ven aquí, querida —dijo Clarice—. Oh, eres muy bonita, aunque vas muy desaliñada, después del largo viaje. Gawain, ¿habéis viajado a la marcha de los soldados? Esta muchacha da la impresión de no haber descansado desde hace días.
—Podríamos haber sido más considerados —admitió Gawain—.
Philippa, ¿puedes preparar un baño para mi esposa en mi habitación, por favor?
Philippa asintió y, después de que su señora ama le diera permiso con un gesto de su mano, abandonó la estancia a toda prisa.
—¿Has traído tus cosas contigo, lady Juliana, o llegarán más adelante? —preguntó Clarice—. Podemos buscar algo de ropa limpia para mudarte, si es necesario. Llevas un vestido precioso, pero parece necesitar un buen lavado.
Juliana vaciló:
—Eh... mis cosas...
—Las hemos enviado directamente hacia el norte —intervino rápidamente Gawain—. Tan sólo pasaremos aquí una o dos noches.
Tengo un nuevo destino.
—En Escocia, ya lo sé. ¿Y os iréis tan pronto? Esperaba que pudierais quedaros aquí unas cuantas semanas. Has estado fuera de Avenel durante años, y tan sólo nos has hecho unas cuantas visitas breves en todo ese tiempo. —Estrechó la mano de Gawain, que seguía prestándole apoyo.
—Lo sé —repuso él, sintiendo la punzada de todos aquellos años perdidos, aún más ahora que comprobaba cómo se desvanecían las fuerzas de su madre—. Pero el rey ha enviado tres mil hombres a Escocia. Y sus capitanes han ordenado que todos los grupos viajen a marcha rápida, como tú bien has advertido. Tenemos que partir pronto, pero quería que conocieras a Juliana antes de irnos.
—Esperaba que el rey te permitiera quedarte en Inglaterra esta vez, o que te destinara a la frontera galesa. Pero no a Escocia de nuevo.
—No he podido elegir —repuso Gawain en voz baja—. Y no me importa que vuelvan a enviarme a Escocia.
Lady Clarice miró a Juliana:
—Mi marido me ha dicho que eres escocesa. Lindsay... conozco ese nombre de familia. —Frunció el ceño como intentando recordar algo.
—Mi padre era Alexander Lindsay de Elladoune.
Clarice respiró entrecortadamente:
—¿Elladoune?
—Está en la Escocia Central —explicó Juliana.
—He oído hablar del lugar. —Clarice miró a Gawain—. ¿Es esta joven pariente de... James Lindsay, el rebelde al que tú...?
—Sí —respondió Gawain bruscamente.
—¿Conoces a mi primo? —le preguntó Juliana a Gawain, frunciendo el ceño.
—Sí, un poco —respondió él—. Ocuparé el puesto de alguacil de Elladoune y su nueva guarnición, mamá.
—Oh, Dios mío —dijo su madre débilmente—. Pero ¿por qué te ha casado el rey con la prima del hombre que te causó tantos problemas al...?
—No te preocupes por eso. Estoy convencido de que el rey desea convencer a los rebeldes escoceses de que le sean más leales casando a una de sus jóvenes con un fiel Avenel —dijo Gawain.
—Ese debe de ser el motivo por el que organizó este matrimonio. Pero sin duda Juliana y los suyos son leales.
—Sí, claro. —Gawain notó que Juliana lo miraba con curiosidad—. Mamá, siéntate, por favor. —Lady Clarice no protestó cuando su hijo la ayudó a sentarse de nuevo en la silla. Juliana la rodeó para atusarle los almohadones. La manta estaba doblada en el suelo; Juliana la cogió y se la echó a la mujer sobre las rodillas.
Esta le sonrió, agradecida:
—Hacéis una pareja encantadora, una tan pálida y delicada, y el otro tan moreno y fuerte. Doncella Cisne y Caballero Cisne. —Suspiró, feliz, y recostó la cabeza contra el alto respaldo de la silla—. Eso me recuerda a una leyenda que oí hace mucho tiempo..., bueno, no importa. ¿Quién iba a querer escuchar las divagaciones de una vieja?
—Ni eres vieja, ni divagas —intervino Gawain.
Ella sonrió, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas:
—Me alegro por ti, Gawain. —Alargó la mano para tomar la de Juliana, y asió con la otra la de su hijo—. Por los dos. Es una muchacha dulce y adorable, y veo que te quiere —susurró—. ¿Quién no lo haría? Las muchachas que rechazaron casarse contigo no estaban en sus cabales.
—Mamá. —Gawain estrechó la mano de su madre—. Ahora debes descansar. Mandaré a buscar a Philippa.
Acababa de decir esto, cuando una rolliza gata marrón salió sigilosamente de debajo de la cama, en el centro de la habitación, y se acercó a ellos con la cola en alto, seguida de tres gatitos: uno blanco, uno marrón y el último de ambos colores. La gata saltó al regazo de lady Clarice, y los garitos corrieron a colocarse debajo de la silla. El más pequeño, marrón, alargó una patita para juguetear con la manta.
—¿Qué es esto? No deberían molestarte. —Gawain se agachó para sacar a la gata de las rodillas de lady Clarice—. Vamos —le dijo al animal—, este no es sitio para una gata tan grande como tú.
—Pero a mí me gusta su compañía —protestó su madre.
Gawain dejó a la gata en el suelo y se agachó de nuevo para coger al garito marrón, suave, cálido, diminuto; con delicadeza, se lo dio a su madre:
—Este no pesa tanto —le dijo—. Voy a enviar a buscar a Philippa.
Juliana... —Se volvió hacia ella y descubrió que la joven se había puesto a cuatro patas para observar a los dos garitos que aún estaban bajo la silla de lady Clarice, y que les hablaba cariñosamente, encantada. Juliana se puso en pie con el garito blanco, una hembra, en las manos. Su rostro pálido y solemne se había transformado y ahora, simplemente, relucía de contento. Gawain parpadeó.
—¡Oh, son tan lindos! —dijo Juliana.
—Muy lindos, sí —repuso lady Clarice—. Hacía años que no oía esa palabra. Por favor, querida, quédate con esa gatita.
—No es lo más adecuado para el viaje que nos espera —intervino Gawain.
—Tonterías. Pippa puede ir en una cesta.
—¿Pippa'? —preguntó Juliana.
—Las gemelas le pusieron ese nombre en honor a Philippa, aunque a ella no le gustan los gatos.
Gawain se inclinó para desenredar al garito marrón de los pliegues de la manta que cubría las rodillas de lady Clarice. El pequeño animal intentó hundir sus diminutos colmillos en el dedo de Gawain, pero este lo evitó suavemente, y le permitió trepar por su brazo hasta el hombro.
—Este no puede estarse quieto —dijo el joven, mientras Juliana y Clarice reían. Juliana rozó con su mejilla la cabecita de la gatita blanca. Gawain dejó en el suelo al marrón, que se alejó corriendo para volver con igual velocidad, hasta casi meterse debajo de los pies del joven.
—A partir de ahora, Pippa es tuya, y puedes llamarla como más te guste —dijo Clarice—. Gawain también puede quedarse con su pequeño amiguito.
Fascinado por el sonido de la risa de Juliana, que oía por primera vez, Gawain apenas se dio cuenta de que el gatito estaba jugueteando con los cordones de sus botas. Lo miró:
—Vaya, Sir Bevis, ¿acaso me tomas por un enorme dragón?
Juliana rió de nuevo, alegre, y Gawain le sonrió.
—¡Bevis es un nombre perfecto para este, sí! —aprobó lady Clarice.
—Y Pippa es perfecto para esta cosita tan dulce —dijo Juliana mientras acariciaba la cabecita y el lomo de la gatita blanca con gesto suave y decidido. Miró a Gawain, con una sonrisa deslumbrante: sus ojos relucían como estrellas en el cielo nocturno.
En aquel momento, el corazón de Gawain se derritió. Juliana había amenazado con estar desagradable con su madre, y sin embargo fingía ser una esposa enamorada con tanta convicción que el joven casi lo creía cierto. Cada vez que Gawain estaba con Juliana descubría otra faceta de ella, como si se tratara de un rubí que cambiara con los rayos de luz. Fascinado, pensativo, el joven tan sólo podía mirarla.
La gata se acercó al grupo, caminando con altivez y levantando una pata como declarando que quería que sus gatitos volvieran con ella. Bevis correteó rápidamente, y Juliana se inclinó para acariciar a la gata, mientras Pippa seguía en su mano, cómoda y confiada.
—No toques a la gata —le advirtió Gawain—. Es una criatura con muy mal carácter. Nadie excepto mi madre puede tocarla.
Pero Juliana ya estaba de rodillas, acariciando el lomo del animal.
La gata alargó el cuello y cerró los ojos, ronroneando audiblemente.
Lady Clarice sonrió:
—Esa gata evita a todo el mundo y tan sólo me tolera a mí. Jamás la había visto llevarse tan bien con nadie.
Juliana le rascó suavemente la cabeza a la gata y sonrió. El tercero y más pequeño de los gatitos, otra hembra, marrón y blanca, con un toque de gris en las orejas, salió de debajo de la manta para frotarse contra la pierna de lady Clarice.
—Esta gatita la quiere a usted en especial, señora. ¿Puedo ponerle un nombre ? —preguntó Juliana.
Lady Clarice sonrió:
—¿Y qué nombre le pondrás?
—Marguerite —repuso la joven—. Porque es delicada como esa flor y tiene un carácter muy dulce. —Se agachó, cogió a la gatita y la colocó sobre el regazo de lady Clarice. El animalito se acurrucó y se dispuso a dormir al instante, mucho más apacible que sus hermanos.
Lady Clarice miró a Gawain y sonrió:
—Querido, creo que los ángeles te han enviado a uno de ellos por esposa.
Gawain ayudó a Juliana a ponerse en pie. Se llevó la delicada mano de la joven a los labios y la besó, rebosando gratitud. Juliana había hecho mucho más de lo que él esperaba. Le había llevado a su madre un poco de alegría, y ahora Gawain se sentía en deuda. Se aclaró la garganta y asintió con la cabeza:
—Sí —dijo, mirando fijamente los ojos azul intenso de Juliana—. Es un ángel... cuando quiere.
Lanzando un gran suspiro. Juliana se hundió en la profunda bañera y dejó que el agua, muy caliente, la cubriera y proporcionara sosiego.
Deseó que Philippa tardara en volver, porque quería estar allí, sin ser molestada, disfrutando de unos momentos de paz. El agua, a una temperatura deliciosamente perfecta y perfumada con rosas, hacía desaparecer las tensiones y la fatiga de todos sus músculos. Los pétalos de rosa flotaban en la superficie, y eso también le tranquilizaba el ánimo.
Tomó un poco más de jabón de un pequeño bote, sintiendo las partículas de lavanda entre la mezcla. Mientras se enjabonaba y se lavaba y enjuagaba el pelo, se deleitaba con la fragancia, la textura y el penetrante calorcillo. En casa del abad, en Inchfillan, había pocos lujos como aquel, y Juliana tampoco los había tenido en Elladoune, durante su infancia.
Pero el verdadero lujo era que estaba sola, completamente limpia y empezando a relajarse por fin, después de todas las penurias de las últimas semanas. Echó una mirada a la habitación de Gawain, una estancia agradable, aunque no muy amplia, y amueblada con sobria elegancia.
Los pocos muebles de madera estaban delicadamente labrados y pulidos, el suelo estaba cubierto por alfombras de juncos, en las paredes, encaladas, había cenefas de vivos colores, y la parte superior de las ventanas estaba decorada con un emplomado. En uno de los rincones de la habitación había una cama con dosel de terciopelo rojo.
En eso sí que Juliana no quería pensar siquiera. La sola visión de la cama, con sus almohadones y su grueso colchón pulcramente cubiertos por un edredón de brocado rojo despertaba en ella una curiosa excitación. Imágenes de Gawain desnudo, con su musculoso torso reluciente, acudían a su mente. Juliana recordó con intensidad la sensación del abrazo de Gawain y aquel corto pero asombroso beso en el pasillo.
Gruñó suavemente y echó la cabeza hacia atrás. Fuera lo que fuera lo que el futuro le deparara, se enfrentaría a ello cuando llegara el momento, antes que preocuparse (o ilusionarse) en vano ahora. Cerró los ojos e intentó borrar de su mente los pensamientos que se le amontonaban.
Sin duda, se quedó adormilada un rato, porque cuando volvió a abrir los ojos el agua se había enfriado y la habitación estaba más oscura, apenas iluminada por el fuego casi extinguido del hogar. Juliana salió de la bañera, se secó con una toalla y se sentó en un taburete junto a la lumbre. Sus finos cabellos se secaron al calor de las llamas mientras ella se los peinaba con los dedos. Cuando estuvieron tan sólo un poco húmedos y completamente desenredados, se los peinó en una trenza sobre uno de los hombros.
Philippa había dejado un vestido y algunos accesorios más sobre la cama. Juliana se vistió: calceta de lino, atada a las rodillas con sendas lazadas, una finísima camisa de seda, y un vestido morado de sarga abrochado al cuello, de mangas y corpiño ceñidos, que se ensanchaba a la altura de las caderas.
El bajo del vestido, como el de satén blanco, era demasiado largo... debía de ser la moda en Inglaterra, pensó Juliana. Los vestidos que llevaba en Inchfillan eran más prácticos, y dejaban al descubierto los pies y los tobillos.
Se acordó de su hogar y de las colinas y el lago donde a ella le gustaba pasear. Pronto estaría de nuevo en Escocia, pero quizás nunca volvería a disfrutar de aquella libertad. Ahora, su vida había cambiado por completo.
Cogió un velo blanco de ligerísima seda con una corona de trencillas también de seda, pero volvió a dejarlo en su sitio, sin ganas de lucir un tocado de casada, aún. En lugar de eso, se calzó un par de zapatos de piel con cordones y se paseó por la habitación acariciando la oscura madera pulida de los muebles.
Avenel era un hermoso hogar para vivir, pensó. Todas las habitaciones estaban perfectamente cuidadas, y la familia parecía acogedora y agradable. Se notaba que Gawain los quería a todos, y que también era querido por ellos. Juliana envidió aquella sensación.
Su familia estaba totalmente destrozada. Su padre había muerto, sus hermanos mayores servían en las tropas del rey escocés, y su madre se había consagrado hacía años y por voluntad propia a la vida religiosa, y había dejado a sus hijos menores bajo la protección y el cuidado de su primo, el abad Malcolm. Durante años, Juliana había sentido que su familia eran Malcolm y los monjes, Deirdre (la hermana y ama de llaves del abad), y Lain y Alee.
Al recordar a sus hermanos menores, el temor y la preocupación la invadieron de nuevo. Volvía a sentir ansiedad, como si no se hubiera dado aquel reconfortante baño. Tenía que regresar junto a sus hermanitos, y junto al resto de sus amigos y parientes. Aquella necesidad era dolorosa e insistente.
Con cada momento que pasaba en Inglaterra, Juliana sentía que un jirón de su corazón se desgarraba. Llevaba a Escocia en la sangre, en el alma, y tenía que volver allí.
Luchó por contener las lágrimas mientras la invadía un agudo dolor.
En lo más profundo de su corazón, anhelaba algo más, sentía un vacío, pero no sabía exactamente qué necesitaba. Un hogar, sin duda; amor, quizás. Entonces, pensó en Gawain y meneó lentamente la cabeza.
Por Dios, pensó, estaba cansada, sola y asustada. Se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar. Alguien llamó a la puerta y ella levantó la cabeza:
—Un momento, Philippa —dijo controlando sus sollozos y enjugándose los ojos. Fue a la puerta para descorrer el pasador de hierro.
Abrió la puerta. Allí estaba Gawain. Sobresaltada, Juliana sintió que el corazón le daba un brinco. Gawain sonrió y ladeó la cabeza.
Estaba asombrosamente guapo. Un efecto de la luz y la penumbra, pensó Juliana, mirándole fijamente. Acababa de afeitarse, tenía las mejillas sonrosadas después de un baño caliente, llevaba el pelo húmedo, y los suaves rizos bajaban hasta la curva de su cuello. Había cambiado su polvorienta capa y la cota de malla por una casaca de lino verde oscuro. Hasta Juliana llegó una fragancia de jabón, un aroma de hierbas con un toque de salvia.
Él entrecerró los ojos, preocupado:
—¿No te encuentras bien?
—Cansada —replicó ella, casi desarmada por tan amable pregunta. Retrocedió, aguantando aún los sollozos. Gawain entró en la estancia con el envoltorio que había viajado atado a la silla de su caballo.
Se dirigió al centro de la estancia y dejó el bulto en el suelo. Juliana oyó el áspero tintineo de las cadenas que había dentro.
—¿Has venido a encadenarme durante la noche? —le espetó.
—Aún no —repuso él, seco—. Si ya estás lista, a mi familia le gustaría que nos acompañaras en la cena. Mi madre todavía no está lo suficientemente fuerte para bajar al salón, así que nos reunimos en la terraza cubierta con ella. Mis hermanas tienen unas ganas tremendas de leernos algo, ya que les he traído un libro nuevo.
—Tengo que acabar de vestirme. Estaba esperando a Philippa.
—Está con mi madre. Mis hermanas querían ayudarte con la ropa, pero yo he pensado que necesitarías un poco de paz ahora mismo. Su doncella tiene la risa tan fácil como ellas dos, así que les he dicho que yo mismo vendría a buscarte. Creen que estoy impaciente por encontrarme a solas contigo. Y la idea las fascina.
—Pero a ti no —replicó Juliana. Se dirigió a la cama para coger el velo blanco.
—Si necesitas ayuda, puedo prestártela. Aunque no sé nada acerca de adornos para el pelo, como las gemelas.
—Casi estoy lista. —Deslizó la seda entre sus manos—. Ve tú primero. Me reuniré con vosotros en unos minutos.
—Querida esposa mía —repuso Gawain cruzándose de brazos y apoyándose contra la puerta—, este castillo es un auténtico laberinto de salones y escaleras. Podrías perderte —añadió, irónico.
—Sería una pena que encontrara el modo de salir de aquí y volver a Escocia por mi propio pie —murmuró Juliana. Sacudió el velo, lo hizo pasar por encima de sus cabellos con un solo y elegante gesto, y se colocó la corona en lo alto de la cabeza.
—Si eso sucediera, las consecuencias serían terribles.
—Terribles para ti, inmejorables para mí.
—Doncella Cisne —dijo Gawain—, ¿aún piensas en huir?
—Dicen que tengo ese poder. —Levantó las manos para ajustarse el velo.
Gawain se le acercó:
—Lo llevas torcido. Déjame...
Aturdida, Juliana se apartó:
—Puedo hacerlo sola.
—Mi madre, y otras mujeres casadas que he visto, lo llevan así.
—Gawain tocó el velo, y acomodó la corona. Un estremecimiento recorrió a Juliana. Gawain cogió las puntas del velo, pasó la seda por debajo de la barbilla de Juliana y fajó el extremo más largo en la pieza de la cabeza. Con el pulgar, resiguió la línea de la mejilla y el pómulo, por
encima de la seda—. Ya está.
—Gracias —murmuró ella. Aún sentía los escalofríos, incluso después de que él retirara sus manos.
Gawain alargó el brazo para abrir la puerta y cedió el paso a Juliana, y al sonreír se le formaron unas pequeñas arruguitas alrededor de sus cálidos ojos marrones.
Ella ladeó la cabeza:
—¿Por qué eres tan amable y encantador conmigo unas veces, y tan brusco y rudo otras? —le preguntó impulsivamente—. ¿Qué es lo que quieres de este matrimonio?
Él frunció levemente el ceño:
—¿Qué es lo que cualquier hombre quiere de su esposa?
—Ya que anoche no me tocaste, no puede tratarse de lascivia —repuso ella descaradamente—. Si son tierras y títulos, no los conseguirás de mí, porque no tengo una herencia que valga la pena reclamar.
¿Es entonces el favor del rey suficiente para ti?
Gawain volvió a cerrar la puerta, de golpe, y apoyó la mano contra ella, con el brazo por encima de la cabeza de Juliana:
—Cada vez que ves una oportunidad para herirme, lo intentas, señora. Y mi paciencia se va agotando.
—La mía también —repuso ella.
—Tú —replicó Gawain— no tienes paciencia.
—Sí la tengo, cuando quiero. Y ahora mismo lo que quiero es ser libre. Ya he tenido suficiente cautividad.
—No la suficiente para afilar tu ira sobre mí. Yo no soy tu enemigo o tu torturador. Tan sólo te he demostrado amabilidad, y espero lo mismo de ti.
Juliana desvió la mirada, sintiéndose ruborizar, sabiendo que Gawain decía la verdad. A veces, ella se había comportado de mala manera con él, a pesar de que el joven la había ayudado:
—Es probable que lo que pretendas sea encerrarme en Elladoune y esperar nuevas órdenes de tu rey.
—Si no puedes controlar tu maldito carácter, puede que te encierre en la primera torre que encuentre. —Ella le dirigió una mordaz mirada, pero se sintió como mirando a una pared de granito. Gawain no dejó de mirarla fijamente hasta que Juliana volvió a desviar los ojos—. Pero puedes quedarte con tu garita blanca en la celda —añadió entonces Gawain—. De momento, está en la terraza, esperándote en una cestita.
Juliana frunció los labios:
—No creas que eso hará que me gustes un poco más. He accedido a ser amable con tu madre, y lo seré, al igual que con tus hermanas. En cuanto a ti...
—Que seas amable con mi madre es mucho más importante para mí.
—No quiero disgustarla. Es una buena mujer.
—Sí, lo es —repuso Gawain con un gruñido—. Juliana..., mi madre y mis hermanas no saben toda la verdad acerca de nosotros, ni de risa. Y no vamos a decírsela..., al menos, no aún.
—En cuanto sepan la verdad, ya no les gustaré.
—Lo dudo, pero... —Lanzó un suspiro—. Puede que mi madre no viva lo suficiente para saber la verdad. No la preocuparemos (ni tampoco a las chiquillas, que ya sufren bastante con nuestra madre tan enferma) con las deplorables circunstancias de nuestra boda y las órdenes del rey.
Juliana asintió, seria:
—Por ahora. ¿Y más adelante?
—Ya veremos. Iremos a Escocia y haremos lo posible por atenernos a las órdenes del rey.
—Ah. Cadenas y lecciones de obediencia para mí, y tierras y elogios para ti.
Él soltó un soplido de impaciencia, y pareció que sus ojos echaban chispas:
—¿Crees de verdad que yo quería esto? —preguntó a Juliana—. ¿Crees que me gusta verte encadenada y exhibida?
—No lo evitaste —repuso ella.
Gawain cerró los ojos. Un músculo de su mejilla se agitó:
—Tenía que tomar decisiones. Hay asuntos que tú desconoces, y motivos por los cuales hago lo que hago.
—Dime, entonces. ¿Por qué formas parte de esto? No pareces un hombre al que le gusten los crueles juegos del rey, pero participas en ellos.
—Sí, participo —accedió suavemente Gawain—. Ahora.
—¿Qué es lo que quieres de este matrimonio, y de todo este plan de mantenerme prisionera y aleccionarme?
Él soltó aire, muy lentamente:
—Lo que quiero por encima de todo —repuso—, hace años que renuncié a conseguirlo. Ahora tengo nuevas metas.
Juliana percibió la tensión en él. Y más aún: una corriente de tristeza, incluso de soledad. Ladeó la cabeza, sintiendo una repentina compasión y simpatía:
—Hay algo que deseas con todas tus fuerzas —dijo entonces, en un tono más cariñoso—. ¿Qué es?
—Quiero cualquier cosa que mi rey desee, desde luego —repuso Gawain bruscamente. Y abrió la puerta—. La cena se enfría, y mi familia tiene muchas ganas de verte. Recuerda —añadió mientras ella salía al pasillo delante de él—: por ahora, me adoras.
—Oh —repuso ella, impertinente—, ¿cómo olvidarlo? —Siguió caminando, y oyó una amarga risita de Gawain a su espalda.


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