La. voz de Eleanor resbaló por los primeros pasajes de la historia de Bevis de Hampton. Escuchándola, Gawain alargó una mano para acariciar las orejas del viejo galgo que descansaba frente al fuego.
La dama a la que me refiero era bella, de vivo genio y alto abolengo.
Gawain miró de reojo a Juliana. Sentada en la silla de al lado, tenía la garita blanca en el regazo y también escuchaba. Desde luego, el destino le había proporcionado a Gawain una bella dama de Escocia, pensó. Lo que vendría en un futuro, no lo sabía.
Un gruñido de Robin distrajo su atención. Su hermanastro estaba sentado a una mesa, frente a Catherine, en el otro extremo del tablero de ajedrez. Se lamentaba de una hábil jugada que ella acababa de hacer.
Eleanor seguía leyendo, enroscada a los pies de su madre, al otro lado del hogar, volviendo las páginas de pergamino del manuscrito ilustrado. Lady Clarice escuchaba, con una manta echada sobre las rodillas, aunque la estancia estaba bastante caldeada. Ahogó una tos detrás de un pañuelo y tomó un sorbito de vino. Philippa levantó la mirada al instante desde su silla del rincón, donde cosía.
A pesar de la triste incertidumbre de la enfermedad de su madre, Gawain se sentía un poco feliz. Lo que le sorprendía era que la presencia de Juliana contribuía en enorme medida a ello. La observó mientras ella balanceaba un lazo sobre la gatita, para regocijo de esta.
Y deseó que aquellos instantes de paz y armonía (como una burbuja que contuviera el paraíso) perduraran indefinidamente.
Su mirada recorrió a Juliana de la cabeza a los pies, y de nuevo hasta la cabeza. El vestido morado contrastaba con su palidez dorada, y sus mejillas estaban sonrosadas a causa del calorcillo de las llamas del fuego. El corte del traje realzaba su delicado cuerpo y revelaba la gracia de su largo cuello. Profundamente atraído por Juliana, pero sin saber cómo se sentía ella, Gawain desvió la mirada. Eleanor había acabado el pasaje, y tanto ella como su madre le estaban mirando fijamente.
—Una bonita historia —se apresuró a decir Gawain. La conocía más por lo que había leído con anterioridad, que por lo que había escuchado ahora mismo—. Una aventura apasionante, aunque sin la sensibilidad poética que nuestra madre prefiere en una larga historia épica, como por ejemplo Gawain y el Caballero Verde.
—Sin duda nadie puede superar al poeta Gawain. —Lady Clarice sonrió—. Es una de mis favoritas... y quizás sea el motivo por el que llamé así a mi hijo. —Sonrió de nuevo—. Pero esta historia es emocionante. Escucharemos un trozo más mañana al atardecer. Juliana, ¿habías oído ya la historia de Bevis?
Juliana meneó la cabeza, y sus dedos dejaron por un momento de acariciar a la gatita:
—Es nueva para mí, señora.
—Sin duda. Juliana habrá oído muchas otras historias —intervino Catherine—. Se dice que los narradores escoceses son los mejores.
Gawain, seguro que tú recuerdas las historias de tu infancia, ¿verdad?
Él se encogió de hombros:
—Hace mucho de eso —murmuró—. Mi abuelo... —De repente, se calló, al caer en la cuenta de que Juliana no sabía nada sobre sus orígenes todavía. Y su madre, a la que no le gustaba hablar del tema, fruncía el ceño. Se aclaró la garganta—: Eh... no teníamos tiempo para historias. Estábamos... ocupados en otros asuntos.
—Asuntos de guerra —murmuró Juliana.
Gawain alargó el brazo para posar su mano sobre la de ella:
—Querida esposa mía. —La sonrisa que Juliana le dedicó como respuesta fue muy forzada.
—Lady Juliana —terció Robin, galantemente—, no te preocupes por eso. Deja esos asuntos a los hombres que están preparados para la guerra.
Ella lo miró con el ceño fruncido:
—Si dejaran que la guerra la hicieran las mujeres, que no están preparadas para ella —repuso—, no habría luchas. —Robin se sonrojó y levantó una mano en señal de disculpa.
—Bien dicho —la felicitó lady Clarice sonriendo.
—Juliana, dinos lo que más te gusta hacer en tu casa, en Escocia —pidió Catherine—. ¿Dónde está tu castillo?
—Tiempo atrás vivía en un lugar llamado Elladoune —repuso Juliana—. Fue arrasado por los ingleses. —La brusquedad con que habló hizo que tanto lady Clarice como las gemelas contuvieran la respiración. Gawain frunció el ceño, cauto—. Mi madre nos contaba a mis hermanos y a mí muchas historias y leyendas acerca de guerreros y damas... Historias mágicas y maravillosas —siguió. Aliviado, Gawain deseó y esperó que Juliana no tuviera la intención de volver al otro tema—. Más adelante, vivimos en los bosques, con proscritos y familias desposeídas de sus pertenencias. Allí aprendí a esconderme de los soldados ingleses. Y también allí oí las fascinantes historias que, por la noche, junto a la hoguera, contaba un bardo al que la guerra había dejado sin hogar.
—Oh, Dios mío —exclamó desmayadamente lady Clarice—. ¡Sin hogar! Por todos los santos. No nos habíamos dado cuenta de que eres... una víctima de la guerra escocesa.
—La mayoría de los escoceses son víctimas de la guerra, de un modo u otro, mamá —intervino Gawain. Se sentía extrañamente abatido, porque hasta entonces no sabía que Juliana había vivido sin hogar después de salir de Elladoune. Miró al perro y lo acarició, diciéndose que debería de haberle preguntado a Juliana acerca de su vida.
—Viví en los bosques durante dos años, señora —continuó Juliana—. Allí estábamos a salvo, con otra gente a la que se lo habían quitado todo. Aprendimos a valemos por nosotros mismos y a esquivar a los ingleses. —Sí, pensó Gawain, escuchándola. Juliana sabía perfectamente cómo valerse por sí misma. Y ahora, él comprendía por qué le era tan difícil confiar en los caballeros ingleses.
—Sigue —dijo Catherine—. ¿Qué pasó luego?
—Mi padre murió luchando por la libertad, y mi madre, completamente afligida, se confinó en un convento. Nos acogió un primo suyo, un abad, y vivimos en su casa, en las tierras de la abadía, no en el propio monasterio. Su hermana, que también es su ama de llaves, vivía con nosotros. Mis dos hermanos mayores ya se habían ido a luchar con los rebeldes, y todavía siguen con ellos. Tengo cuatro hermanos, dos mayores y dos menores que yo —añadió.
—¿Y cómo llegaste a ser una invitada en la corte del rey, si tus parientes son rebeldes escoceses? —preguntó Eleanor, llena de curiosidad.
Gawain siguió con la atención fija en el perro, echado junto a sus rodillas, y las manos de Juliana continuaron inmóviles sobre la gatita.
—Era una invitada, mamá —intervino Robin—. Como te dije cuando llegué, estaba invitada a la fiesta del rey para representar la esperanza y los deseos del rey de que la guerra contra Escocia acabe pronto. Iba vestida de cisne, un traje de satén y plumas, y el propio rey la llamó su Doncella Cisne. Estaba preciosa, ¿verdad, Gawain?
—Me dejó sin aliento, lo juro —murmuró Gawain. Aquello, al menos, era cierto. Acarició el lomo del perro.
—¿De cisne? Oh, aquel gracioso bonete de plumas —dijo Clarice, asintiendo con la cabeza.
Gawain lanzó un suspiro y se echó hacia atrás en la silla, frotándose la barbilla con una mano. Quería mucho a su bondadosa familia, pero también sabía que a menudo encontraban que la verdad era demasiado difícil para enfrentarse a ella. Si Henry y Edmund hubieran estado allí, habrían secundado la historia de Robin.
La familia de Gawain prefería los ideales y las versiones adornadas de la verdad, y evitaba los temas emocionales complejos. Gawain había visto cómo esa costumbre se intensificaba durante los años de enfermedad de su madre. Henry en particular quería protegerla y proporcionarle felicidad, incluso si para ello tenía que disfrazar la verdad.
Aquella tendencia, sin embargo, ya venía de lejos. Los orígenes escoceses de Gawain apenas sí se mencionaban alguna que otra vez. A él, esto le había dolido cuando era un jovencito, pero con el tiempo lo fue comprendiendo. Su madre quería que se convirtiera en un caballero respetado, y no quería que la mácula de su pasado o su nombre se interpusiera. Y Gawain sospechaba que, además, ella aún se sentía afligida por la pérdida de su padre, al que tanto había adorado.
De todos modos, su madre también quería mucho a Henry, y este, a su vez, la adoraba. Le había proporcionado una vida acomodada y privilegiada, y había protegido a su familia en Avenel.
Si querían edulcorar la verdad acerca de Juliana, Gawain no iba a corregirlos. Por sí mismo, él jamás adornaba o negaba ningún asunto.
La educación que había recibido en sus primeros años por parte de su padre escocés le había dejado el empeño por la sinceridad.
Miró a Juliana. Ella también tenía la perspicaz franqueza de los escoceses, cosa que a Gawain le parecía de lo más reconfortante y de fiar. Eso era parte del atractivo que encontraba en ella. Juliana tampoco podía entender las normas tácitas de la familia Avenel.
Pero parecía percibirlas, porque había aceptado sin réplica todo lo que se había dicho y hecho con respecto a ella. Aunque sus delicadas cejas se fruncían sobre sus ojos de zafiro, se guardaba sus pensamientos y su genio (y también la verdad) para sí. Una vez más, Gawain la bendijo por ello.
—Por supuesto, siendo hijo mío, Gawain sería un perfecto Caballero Cisne —siguió lady Clarice, aún hablando sobre la fiesta del rey—. Mi familia son los De Bohuns, Juliana. Los Cisnes han sido parte de nuestro escudo durante generaciones. Se dice que, hace mucho tiempo, uno de nuestros antepasados fue un legendario Caballero Cisne llamado Helias.
Juliana miró a Gawain con los ojos como platos. Él se encogió de hombros, un tanto tímido. La idea de un Caballero Cisne, años atrás, no se le había ocurrido de la nada.
—También tenemos un cisne en el escudo de los Lindsay —repuso Juliana—. Los cisnes han habitado el lago entre Elladoune y la abadía de Inchfillan desde tiempos inmemoriales. Hay una leyenda acerca de cómo aparecieron allí por primera vez.
—Me encantaría escuchar esa historia —intervino Eleanor.
—Algún día te la contaré —prometió Juliana—. Lady Clarice, ¿se encuentra mal?
Gawain se sobresaltó, porque su madre había alzado una mano y se había cubierto el rostro con ella. La volvió a bajar.
—No es nada. Estoy segura de que los cisnes que habitan cerca de tu hogar son una imagen preciosa. —Su voz sonaba ahuecada—. A Gawain... le complacería mucho verla. —Su mirada se cruzó con la de su hijo y se desvió al instante, y Gawain supo que su madre estaba recordando un motivo de tristeza.
—Mi marido tendrá ciertamente la oportunidad de ver los cisnes de Elladoune cuando lleguemos allí—dijo Juliana, sonriendo.
Bendita Juliana, una vez más, pensó Gawain, por comportarse así por el bien de su madre. Alargó una mano para rozarle la mejilla. Por un instante, el matrimonio entre ambos pareció algo real, y maravilloso, sin rastro de fingimiento. Gawain podía imaginarse fácilmente amando a Juliana.
Ella ladeó la cabeza y se apartó del roce de Gawain sin decir nada.
—Estoy cansada, y voy a meterme en la cama —anunció lady Clarice—. Mis hijas también deben retirarse a dormir. Juliana, sé de nuevo bienvenida a nuestra familia. Ya veo lo mucho que mi hijo te quiere, y lo mucho que lo quieres tú. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Eso me llena de felicidad.
Gawain tomó la mano de Juliana y la besó. Ella enroscó los dedos con los de él en un cálido y suave gesto.
—Nosotras también estamos contentas —dijo Catherine—. Pero lamentamos habernos perdido la ceremonia de vuestra boda.
—¡Haremos otra celebración para todos nosotros! —exclamó Eleanor. Le hizo un gesto a Catherine, que se le acercó, y luego asintió.
—Pero si ya hemos tenido una maravillosa fiesta con esta cena —dijo lady Clarice.
—Pero sin la diversión de una boda... con baile, música, invitados —protestó Catherine—. Juliana es la primera invitada que hemos tenido en mucho tiempo, aparte de los amigos de papá, que sólo quieren discutir sobre políticas militares. —Eleanor asintió, completamente de acuerdo.
—Juliana y yo hemos hecho un largo viaje, y estamos demasiado cansados para músicas y festejos —intervino Gawain—. Es mucho mejor que tengamos tranquilidad en el hogar, por el bienestar de mamá. Más adelante, cuando se sienta mejor, organizaremos un baile, si queréis.
Eleanor se cruzó de brazos, petulante:
—Creo que deberías pagarnos una prenda, ya que nos privas de disfrutar de una celebración.
—Y que no nos dejas ir a la corte del rey —añadió Catherine.
—¿Qué prenda? —preguntó Gawain—. ¿Tengo que bailar o cantar, como hacen en la corte?
—Os vais a arrepentir, si le pedís que haga cualquiera de las dos cosas —bromeó Robin.
Las gemelas rieron, y Eleanor tuvo una idea:
—¡Os seguiremos hasta vuestro dormitorio haciendo sonar cuernos y tambores, y llevando flores y velas, como se hace en la noche de bodas! ¡Os conduciremos hasta vuestra cama con gran ceremonia y bullicio para bendecir vuestra unión y mantener a los malos espíritus a raya!
Gawain miró a sus hermanas con amargura:
—Ya tuvimos nuestra primera noche —dijo, muy serio.
—Gawain y Juliana están demasiado agotados para algarabías —intervino lady Clarice— Y vosotras dos no tenéis por qué ser testigos cuando se vayan a la cama —añadió.
—Oh, mamá, ¡pero si ya lo sabemos todo sobre esos temas! Escucha lo que la heroína dice de Bevis... —Eleanor buscó la página, señaló con el dedo y empezó a leer:
El caballero que yo he desposado
en la batalla no ha sido humillado
ni herido jamás.
Me ama de noche, de día, sin tregua,
y con sus besos y abrazos me llena de felicidad...
—¡Oh, cuánta felicidad! —gritó Catherine, juntando las manos—. ¡El goce del verdadero amor!
—¡Oh, sí! —exclamó Eleanor como un eco—. ¡Gawain nos debe unos besos como prenda!
Catherine lanzó unos grititos, en señal de completo acuerdo, hila y Eleanor sonrieron pícaramente a su hermano mayor.
Juliana (Gawain se dio cuenta en aquel momento) se reía, con el rostro escondido contra el níveo pelaje de la gatita. Refunfuñando, para causar impresión, Gawain se levantó de su silla y se inclinó para besar primero a una y luego a la otra de las jocosas gemelas en la mejilla.
—No, tonto, a nosotras no —dijo Eleanor—. ¡Besa a la novia!
—¡Cada vez que lo digamos, tienes que besar a la novia! —añadió Catherine, asintiendo a Eleanor—. ¡Esa es la prenda!
—¡Nos lo debes! Lo que más queríamos era verte casado —insistió Eleanor—. Mamá decía que eso no sucedería nunca, ya lo sabes, pero nosotras albergábamos la esperanza de que le gustaras a alguien.
Gawain vio que Robin disimulaba una mueca tras la mano. Los ojos de su madre brillaban de regocijo. En un rincón, Philippa se reía por lo bajo mientras cosía una costura.
Juliana sonrió, con las mejillas sonrosadas. Gawain lanzó un teatral suspiro y se inclinó para besarla. Ella le ofreció la mejilla y él la besó castamente. Olía a rosas y lavanda, después del baño. Insensatamente, sintió ganas de alargar aquel roce.
—¡En la boca, sin tregua... como describe el libro! —insistió Catherine.
—¡Llénala de felicidad, estúpido patán! —graznó Eleanor.
—Jovencitas... —las amonestó lady Clarice.
—Oh, vamos, deja que pague su prenda —dijo Robin—. Gawain le debe a su esposa un poco de cortesía, porque apuesto que la precipitada boda (y también lo que siguió) no fue precisamente lo que la dama había imaginado en sueños.
Gawain le dedicó una mordaz mirada. Una vez más se inclinó hacia Juliana, con la intención de besarla de nuevo en la mejilla, pero ella volvió el rostro y sus labios se rozaron. Después de un instante de vertiginosa dulzura, Gawain se apartó.
Las muchachas aplaudieron. Gawain sonrió, contento de ver que su madre se reía. Se sentía responsable en parte de la tristeza que había caído sobre su familia en los últimos tiempos. Ninguno de sus miembros se había reído con ganas desde la muerte de Geoffrey.
Juliana, sin embargo, no sonrió, sino que se sonrojó y desvió su atención de nuevo hacia la gatita blanca.
—Ya está —dijo Gawain a las muchachas—. Ya he pagado la prenda. Ahora, iros a la cama.
Catherine miró a Eleanor:
—Mañana pediremos más besos. ¡Una boda decente debe celebrarse durante días enteros!
—¡Sí, nos debes más celebraciones! —dijo Eleanor a Gawain.
—Y lady Juliana necesita más motivos de felicidad —susurró en tono audible Catherine. Eleanor soltó una risita como respuesta.
—Buenas noches, hijas —dijo lady Clarice— Philippa, llévalas con su doncella, por favor.
Philippa se levantó de la silla mientras las gemelas besaban a su madre. Eleanor cogió el libro de la historia de Bevis y ambas abandonaron la estancia cuchicheando.
—Esas dos chiquillas —dijo Gawain—, están muy mimadas.
—Son jóvenes —repuso suavemente lady Clarice—. Deja que disfruten. Puede que la vida no tarde mucho en robarles la alegría. —Se puso en pie—. ¿Puede alguien ayudarme a meterme en la cama? —preguntó débilmente. Gawain se acercó rápidamente a ella, y también Robin.
—Deje que la ayude yo, señora —dijo Juliana, levantándose. Le entregó la gatita a Gawain y se acercó a lady Clarice.
—Gracias, querida —repuso la mujer, aceptando la oferta de Juliana—. Philippa volverá dentro de unos minutos. Gawain y tú deberíais retiraros también. Debéis de estar muy cansados después de vuestro viaje. —Lady Clarice empezó a caminar con Juliana y miró a sus hijos—: Robin, avisa a un paje y dile que lleve vino caliente a mi habitación, para mí y para Juliana. Gawain, tu esposa tiene ojeras... en parte por su belleza, pero en parte por el agotamiento. Procura que descanse.
—Lo haré, mamá —repuso Gawain suavemente, abriendo la puerta que llevaba a la habitación de su madre. Juliana acompañó a la frágil mujer—. Con Dios.
Se volvió hacia Robin, que le miraba:
—Tu esposa no es tan callada, después de todo —le dijo—. Así pues, ¿ese misterioso silencio suyo es tan sólo una artimaña?
—Sí. Pero nosotros, los Avenel, estamos bastante familiarizados con el hecho de fingir.
Robin pareció avergonzarse:
—Papá me indicó que le dijera a mamá que Juliana era una invitada del rey, y que la escogió para ti como deferencia. Pensó que no reaccionaría bien ante la verdad acerca de tu esposa.
—Entiendo —repuso Gawain. Miró a la garita, que se retorcía, juguetona en sus manos, y acarició su diminuta y nívea cabecita con suavidad—. Me pregunto si alguno de nosotros conocerá algún día la absoluta verdad acerca de mi esposa —masculló casi para sí.
—No le diré a nadie que habla, si es un secreto —prometió Robin.
—Bien. Ella quiere que no salga de nosotros. Tiene sus razones, sean las que sean.
—Cuando lleguéis a Escocia, no tardarás en saberlas —repuso Robin—. Buenas noches, pues. Haré que suban el vino caliente. Deseo que tengas suerte en tu matrimonio, hermano —añadió con una leve sonrisa—. Mamá está encantada. Y eso es lo que más importa, ¿no es así?
Gawain alzó a la gatita y miró sus ojos enormes e inocentes:
—Sí —respondió en voz baja, y soltó una tierna risilla cuando el animalito frotó la cabeza contra su nariz.
—Mírala. Otra linda y jovencita criatura que quiere un beso tuyo como prenda —dijo Robin, riendo mientras salía de la habitación.


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