Dejaron la carretera y viajaron por las colinas cubiertas de hierbas hasta que siguieron el curso de un estrecho río. Por fin, en la distancia. Juliana divisó un castillo sobre una loma verde. Gawain aminoró la marcha para contemplarlo y luego se puso en marcha de nuevo azuzando a su caballo, como ansioso por llegar allí.
Los muros que lo rodeaban y la torre central tenían un brillo cremoso en contraste con el fondo de un frondoso bosque y el río que fluía con calma por la ladera. Juliana contuvo la respiración ante aquella hermosa vista, y se sintió un tanto sorprendida. Siempre había imaginado que los castillos ingleses serían bastas fortificaciones en las que hormiguearían soldados enemigos. El castillo de Avenel parecía un santuario salido de una leyenda, y era tan bello que podía perfectamente ser el refugio de la realeza de las hadas.
Siguiendo a Gawain, la joven cruzó el puente levadizo, sobre cuyas traviesas de madera retumbaron los cascos de los caballos, y pasó bajo unas rejas alzadas hacia la fresca sombra de un arco de piedra.
Dentro del patio cerrado, en lugar de caballeros armados vio a dos jóvenes pajes que corrían hacia ambos y esperaban a que desmontaran de las sillas.
—¡Gawain! —Al oír una aguda voz femenina, Juliana se volvió, aún sin bajar del caballo. La torre central, de planta cuadrada, maciza y alta, dominaba el patio, y una escalera abierta de peldaños de piedra se elevaba hasta una puerta en lo alto. Una muchacha joven descendía por aquellas escaleras, gritando, excitada, con los cabellos trenzados flotando tras ella.
—¡Eleonor! —contestó Gawain. Desmontó, la recibió entre sus brazos y la hizo girar. Era una joven menudita, aunque alta, y soltó una risilla mientras abrazaba a Gawain. A Juliana le pareció que debía de tener unos trece años, y supuso que sería hermana de su esposo; los rasgos atractivos y el oscuro cabello de ambos eran similares.
Gawain la dejó en el suelo, riendo también, y ella lo miró con ojos relucientes.
—¡Ah —dijo Gawain—, no eres Eleanor, sino Catherine!
—Sí, soy Catherine —confirmó ella, sonriendo.
—¡Gawain, Gawain! —Una segunda muchacha corrió escaleras abajo. Era una copia exacta de la primera, desde las largas y oscuras trenzas sujetas con lazos rojos hasta el vestido azul celeste con cenefas de bordados. Juliana parpadeó, asombrada, y miró a la una y a la otra.
—¡Aquí está Eleanor! —Gawain recibió a la segunda joven entre sus brazos cuando ella se abalanzó literalmente sobre él, y la abrazó con fuerza.
—¡Robin llegó ayer! —anunció Eleanor.
—Dijo que no sabía a ciencia cierta cuándo vendrías tú, pero que llegarías con tu nueva esposa —dijo Catherine.
Ambas muchachitas miraron a Juliana:
—Hola —cantaron alegremente, a dúo—. Tú debes de ser Juliana—siguió una de ellas—. Bienvenida a Avenel.
Juliana no podía dejar de mirar fijamente a una y otra joven, sin esbozar la menor sonrisa, a pesar de las expresiones de alegría de las chiquillas. Abrumada y confusa, se sentía fuera del alborozo del momento. Se preguntó si Gawain la presentaría como su esposa o su prisionera. Estaba tan cansada que quería dejarse caer del caballo, pero no sabía si despertaría en una cama de plumas o en una celda.
—¿Qué os ha dicho Robin? —preguntó Gawain.
—Que te habías casado con una adorable escocesa por deseo del rey, y que la dama estaría exhausta cuando llegarais... si es que llegabais. No sabía si pasarías por aquí o no.
—¡Pero nosotras teníamos la esperanza de que no fueras tan cruel!
Gawain miró a Juliana:
—Adorable y exhausta, desde luego, y toda una sorpresa por parte del rey. Lady Juliana, estas son mis hermanastras, Eleanor —señaló con un movimiento de cabeza a la que estaba a su derecha— y Catherine.
Juliana hizo una leve inclinación y no dijo nada. Las chiquillas la saludaron de igual modo y sonrieron afectuosamente. Eran criaturas morenas y esbeltas, con ojos de un sorprendente verde-gris. Aunque ya tenían la edad suficiente para mostrar la cortesía y el decoro de las damas, parecían lo bastante jóvenes para cometer el desliz de una burbujeante risilla y expresivas muecas.
—Entra y te presentaremos a nuestra madre —dijo una de las gemelas, y le dedicó a Juliana una deslumbrante sonrisa.
Gawain se acercó a Juliana y la asió por la cintura:
—Te ruego que te muestres amable en el castillo de Avenel, si me haces el favor —le susurró al oído mientras la bajaba del caballo. Le apartó unos mechones de la frente con un tierno gesto que hizo que
Juliana parpadeara y se sonrojara—: Quizás el silencio —murmuró—, mantenga alejados a los soldados, pero tan sólo conseguirá de mis hermanas que sientan mayor curiosidad. Puedes hablar sin temor con quien quieras, en el castillo de Avenel. —Rodeó sus hombros con un brazo y se volvió con ella hacia las chiquillas.
Ambas avanzaron para abrazar a Juliana. Esta les devolvió los abrazos sin efusión, y permaneció en silencio, sin saber si debía hablar, o qué decir. , .
Las gemelas se abalanzaron entonces sobre Gawain, quien las apartó entre risas.
—¡No nos hiciste llegar la noticia de tu boda, pedazo de zoquete! —bromeó una—. ¿Cuándo te casaste?
—Hace dos días. La ceremonia se llevó a cabo de forma bastante repentina.
—Pensábamos que no te casarías jamás —dijo la otra—. Mama creía que era una cuestión sin remedio. ¡Ya sabes cuánto anhelaba ese día!
—Lo sé —repuso Gawain en voz baja, mirando a Juliana.
—Y nosotras también —añadió la primera—. Pero ya te habíamos dejado por imposible...
—Después de todos esos galanteos y todos los rechazos...
—Cállate, Cat, asustarás a mi esposa con estas historias —se apresuró a cortarla Gawain—. ¿Cómo está nuestra madre? ¿Lo bastante fuerte para soportar esta sorpresa?
—Ya lo sabe —repuso Eleanor. Al menos, Juliana pensó que era Eleanor, porque había advertido que su rostro era un poco más redondito que el de su hermana, y el tono de su risa un poco más grave—. Robin se lo dijo.
—Fue toda una conmoción, pero se lo tomó bien —terció Catherine.
—«Una escocesa», repetía una y otra vez —añadió Eleanor—. «Una escocesa», como si no pudiera creer que tú te hubieras casado con una escocesa en estos tiempos de guerra. Una esposa escocesa para un Avenel no es algo demasiado favorable, pero yo creo que es maravilloso, porque tú...
—Está bien —cortó Gawain bruscamente—. No os inquietéis.
Ven, lady Juliana —le dijo, tirándole suavemente del brazo, porque ella había retrocedido un tanto ante la insinuación de que una escocesa podía no ser muy bien recibida allí, después de todo—. Ven. Quiero que conozcas a mi madre. ¿Está en su habitación, Nell?
—¿ En qué otro sitio puede estar, estos días? Robin estaba con ella hace un rato, pero ya se ha ido, y ella ha dormido un poco —informó Eleanor.
—Ahora ya se ha despertado. Acabo de venir de allí—añadió Catherine—. ¡Y querrá conocer a tu esposa de inmediato, desde luego!
Gawain asintió y caminó hacia la torre, asiendo con firmeza el codo de Juliana. Ella lo siguió en silencio, con paso lento, como si las piernas se le hubieran vuelto de barro a causa del temor y la fatiga.
—¿Qué nos has traído? ¿Un libro?—preguntó una de las jóvenes.
—Si os regalo un solo libro más, vuestro estante se caerá de la pared —repuso Gawain.
—¡Siempre nos traes un libro nuevo, cada vez que vuelves a casa!—protestó la otra gemela.
—Sí, claro —exclamó Gawain, como si acabara de recordar algo, aunque Juliana adivinó que estaba bromeando con las muchachas—.
Hay un libro en mi equipaje. Es la historia de Sir Bevis de Hampton.
—Mamá nos contó esa historia. Ese hombre luchó contra un dragón, salvo a Inglaterra y cruzó un desierto para encontrarse con su amor —dijo una de las chiquillas. Y ambas suspiraron.
—Ahora podréis leerlo cuantas veces queráis —dijo Gawain.
—¿Qué has visto en Newcastle? ¿Has hablado con el rey? ¿Has asistido a un torneo? —Las preguntas eran emitidas con tal rapidez y con voces tan similares, que Juliana a duras penas podía seguir quién preguntaba qué—. ¡Robin nos ha dicho que fuisteis a una gran fiesta!
—Sí, efectivamente —repuso Gawain, mirando a Juliana de reojo.
—¿Has traído algo para mamá? ¿O algo más para nosotras?
—Una de las gemelas (posiblemente Catherine) esbozó una sonrisa con tal candor y encanto que Gawain soltó una risita y Juliana tuvo que sonreír para sí.
—¿Habéis sido buenas chicas, y obedientes, como mamá os pide que seáis?
—A todas horas. —Una parpadeó y la otra rió alegremente.
—Robin dice que todos fuisteis a la fiesta del rey, donde todo eran lujos, cisnes y acróbatas, y que conociste a tu esposa allí. ¡Cuéntanoslo!
Los dedos de Gawain hicieron mayor presión sobre el brazo de Juliana; su roce era extrañamente reconfortante:
—Había pasteles y castillos de azúcar, y cisnes, y pavos reales...
Vimos al rey. Pero no a la reina, que sigue en Londres. Participé en un torneo y gané la justa de aquel día, y comí tanto en la fiesta que temí que fuera a estallar. —Gawain sonrió—. Pero no me atiborré tanto como Edmund y Robin.
—Y ganaste una esposa —dijo Catherine. Las muchachas se habían cambiado de lugar otra vez, y ahora estaban de nuevo hombro con hombro. Juliana, a pesar de la fatiga, intentaba seguir los movimientos de cada una para mantenerlas identificadas.
—Pues sí —asintió Gawain—. Iba vestida totalmente de blanco, y era la más hermosa criatura que yo jamás hubiera visto. —Juliana lo miró y parpadeó, sorprendida, pero él no se volvió a mirarla—. Tengo otra noticia. Vuelven a enviarme a Escocia.
—Robin ya nos lo ha dicho. Mamá se quedó bastante turbada.
—Ya me lo temía —repuso Gawain.
—Tú puedes tranquilizarla al respecto. Y cuéntale lo de tu boda... y a nosotras también —dijo la segunda de las gemelas—. No escatimes ningún detalle. Eso complacerá a mamá. Ya sabes lo mucho que le gustaban las espléndidas celebraciones en la corte, cuando ella y papá estaban juntos. —La joven (Eleanor, pensó Juliana) hizo un puchero—. Ojalá nos lo hubieras hecho saber y nos hubieras invitado a la boda, Newcastle no está tan lejos de Avenel.
—¿Y perderme ver la expresión de sorpresa en vuestras caritas? —repuso Gawain—. Fue una boda. Todas son muy parecidas. —Y su sonrisa burlona hizo que las jóvenes se lamentaran mientras el grupo subía los escalones de piedra de la torre.
Gawain abrió la puerta principal y cedió el paso a Juliana y las muchachitas hacia un vestíbulo en penumbra donde había tres puertas y otro tramo de escaleras:
—Quedaos aquí—dijo Gawain a sus hermanas—. Este encuentro debe ser en privado. —Les señaló gentilmente una portezuela cubierta con cortinajes, y condujo a Juliana escaleras arriba con él.
Ella las subió, con la cabeza muy erguida, aunque cada fibra de su I cuerpo parecía estar temblando. Sus pisadas resonaban.
—A mis hermanas les has gustado mucho —dijo Gawain—, aunque te pido disculpas por su charla sin fin. —Miró a Juliana, pero ella no respondió, mientras ambos recorrían un pasillo que olía a piedra y, extrañamente, a alcanfor.
Se acercaron a una puerta con arco, y Gawain se detuvo: I
—Ahora debo pedirte que correspondas mi cortesía hacia ti —dijo, en voz baja. Juliana ladeó la cabeza, escuchando, esperando— Quiero que finjas ser una feliz recién casada cuando entremos en esa habitación.
Ella frunció el ceño, se cruzó de brazos y desvió la mirada. Desde luego, aquella era la última cosa que podía fingir. No se le ocurría ningún motivo para acceder a la petición de Gawain.
—Puedes hablar —le dijo él, seco—. Contéstame.
Ella lo miró:
—¿Una feliz recién casada? ¿Estás chiflado?
—Representas el papel de doncella misteriosa con bastante soltura. Ahora, actúa como una esposa enamorada. Sonríe, cuélgate de mi brazo... haz todo lo que una esposa feliz haría. —Le ofreció el brazo.
Ella lo rechazó:
—Yo no soy una feliz recién casada, enamorada y satisfecha —repuso—. Soy una prisionera. Hasta hace una hora, estaba encadenada, humillada... Y volveré a estarlo, supongo.
—No fui yo quién eligió que te dispensaran ese trato.
Juliana levantó la barbilla:
—Y, a cambio de ofrecerme un poco de libertad liberándome de las cadenas, ¿crees que mereces un favor?
Él suspiró, impaciente:
—He hecho un poco más que eso por ti. Sólo te pido esto a cambio.
—Quiero que me prometas que no volveré a llevar cadenas.
—No puedo asegurarte tal cosa.
—Y yo tampoco puedo fingir ser una feliz esposa. —Desvió la mirada.
—Por favor —susurró él. Su tono, ronco y lastimero, provocó en Juliana cierta compasión y curiosidad.
—¿Por qué? —le preguntó suavemente, intrigada.
—Porque estoy a punto de presentarte a mi madre.
—¿Y tanto miedo le tienes a tu madre que debes mentirle, y hacer que yo le mienta, acerca de nuestra boda?
—No es eso —repuso él, tensando los labios.
—¡Debe de ser una auténtica arpía! ¡Su primogénito suplica favores por los pasillos para evitar tener que decirle la verdad!
Gawain dio un paso hacia Juliana, que retrocedió hasta dar con los talones contra la pared.
—Te juro —dijo él— que el cisne mudo es más agradable al oído que el ganso graznador. —Ella lo miró fijamente. Él sostuvo la mirada sin pestañear, hasta que Juliana cedió—. Sea cual sea tu opinión —siguió Gawain—, haz lo que te pido y te garantizo cortesía... aunque ahora mismo lo que me apetecería de verdad es estrangularte.
—No lo haré —replicó Juliana con firmeza.
—Tan sólo tienes que fingir ante mi madre. Puedes despreciarme cuanto quieras en privado.
—Tu madre debería saber que su hijo cruza toda Inglaterra con una muchacha encadenada —dijo Juliana—. Debería saber que la ata incluso para dormir, y que no la libera de ese suplicio tan sólo para ganarse el favor del rey.
—Hice lo que debía hacer, e intenté tratarte con amabilidad.
—Amabilidad, si viene de un guardián, pero aspereza y brusquedad si se trata de un esposo.
—Tú no quieres un esposo —le recordó Gawain.
—Ni tampoco un guardián —replicó ella—. Y mucho menos uno que se guarda la llave, me encadena y libera a su voluntad, y quiere que juegue a ser la dulce esposa de un cortés caballero para dar la impresión de ser el hijo perfecto.
Gawain dio otro paso hacia ella con las mejillas encendidas y los ojos relucientes en la penumbra. Juliana apoyó con fuerza los hombros contra la pared mientras él se inclinaba hacia ella:
—No debería estar nunca a solas contigo —le dijo, apoyando una mano en el muro—. Hace que se te suelte la lengua.
—Mejor que sea mi lengua, antes que mis cadenas, diría alguien—le espetó ella—. Al menos, no puedes controlar mis palabras... o mi silencio.
Gawain le dedicó una áspera mirada, dejando que su peso pasara hacia delante, sobre sus manos, para mantener a Juliana atrapada en el mismo lugar:
—Pequeña Doncella Cisne, callada y quieta —murmuró, mirándola fijamente—. Delicada dama necesitada de un paladín. Salvaje y astuta, sin necesidad de que nadie la ayude. Y ahora, una pescadera
Highlander de lengua afilada. ¿Quién demonios eres?
—Tan sólo una muchacha que quiere volver a su hogar. Eso —añadió, desviando la mirada mientras la necesidad de estar en casa la angustiaba.
—Yo te llevaré allí, pero antes tienes que fingir que estás muy contenta de haberte casado conmigo. Si haces el favor —añadió, entre dientes.
Ella entrecerró los ojos:
—¿Es todo lo que pides de mí?
—Sí.
—¿No esperas... deberes de esposa?
La mirada de Gawain resbaló lentamente hacia abajo y luego subió otra vez:
—Ni uno solo —murmuró, con una expresión tan directa que Juliana desvió de nuevo la mirada—. Hasta que tú no lo quieras también, y te entregues a mí... libremente.
Se hizo un silencio denso. Juliana le miró desconfiadamente, y él la atrapó con su mirada oscura y profunda.
—¿Tan sólo eso, y luego me llevarás a la abadía de Inchfillan?
—Si es ahí donde vives... Podemos detenernos allí en nuestro camino hacía Elladoune. Eso también es tu casa, ¿verdad?
—¡Elladoune! —Juliana miró a Gawain sorprendida—. ¿Por qué allí?
—Tengo la misión de estar al mando de aquel destacamento.
—Habría sido todo un detalle por tu parte decirme a dónde me llevabas. Pensé que sería confinada a otra prisión. —El corazón le latía con fuerza. Juliana ya casi había perdido la esperanza de volver a pisar Elladoune jamás; y ahora, de repente, tenía la oportunidad de hacerlo—: ¿Tenemos que ir allí juntos, como marido y mujer? ¿O como uno de los hombres del rey y su prisionera?
—Como marido y mujer sería más plácido, ¿no crees?
Juliana frunció el entrecejo, pensando. Sopesando:
—Sí, claro —admitió. Miró a Gawain. Él se inclinó aún más hacia ella, hasta que Juliana sintió el calor de su aliento en sus labios. Sin quererlo, sin pensarlo, como llevada por un embrujo, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
—Me pregunto —susurró Gawain— cómo sería un matrimonio plácido entre tú y yo. ¿Tú no?
Ella separó los labios, quiso hablar, pero tan sólo pudo mirar fijamente a Gawain. Él cerró los ojos, y los de Juliana también se cerraron y, un instante después, sus labios se rozaron con una suave presión.
Al igual que con el dulce y breve beso de la boda. Juliana se sintió invadida por una inesperada ola de placer. A la que siguió una ráfaga de ardiente deseo. Casi gimió de ganas de rendirse a Gawain, pero se mantuvo inmóvil y pasiva.
Él se separó y la miró a los ojos:
—¿Es tanta molestia —murmuró— fingir durante un corto espacio de tiempo que estamos contentos el uno con el otro?
Ella lo miró fijamente, con el corazón latiéndole a toda velocidad y la respiración agitada. Se inclinó un poco hacia él, sin aliento, y luego volvió a apoyarse en la pared.
—Juliana —dijo Gawain—, te ruego que hagas esto por mí.
Ella suspiró:
—¿Esperarás lo mismo en Elladoune?
Él se separó de la pared:
—Como tú quieras —gruñó, y le dio la espalda.
—Yo... pensaré en ello —repuso Juliana, cauta.
La puerta del final del pasillo se abrió y una criada miró a ambos jóvenes. Gawain asió a Juliana de la mano:
—Piensa rápido —le dijo, y tirando de ella empezó a caminar.
Están entrando a un lugar lleno de magia donde yo......
Soy anfitriona...Deberán saber que en otra oportunidad ustedes serían mis víctimas pero en esta ocasión solo busco vuestra compañía...Compartir gustos y momentos agradables...Yo los invito a caminar a mi lado en las tinieblas...Yo los invito a entrar...Los guiaré para que vuestros ojos se deleiten ante miles de mundos creados por mágicas manos...Y a veces los dejaré entrar a mi propio mundo que encontrarán en mis palabras... Solo se pide que dejen vuestra huella...Vuestro susurro...Vuestras miradas...En definitiva vuestra presencia para poder existir...Si ustedes están ahí...Yo siempre estaré aquí...Envuelta en tinieblas...
Un saludo muy sincero..
martes, 13 de junio de 2017
LA CISNE Capítulo 12
La habitación se hallaba en penumbra, con las ventanas parcialmente cerradas a pesar del buen tiempo. La mujer, sentada en una silla junto al crepitante fuego, se cubría las rodillas con una manta. Gawain entró en la estancia y soltó la mano de Juliana. Miró a su madre, y sintió que le dolía el corazón.
Estaba más delgada que nunca, y eso que apenas hacía un mes que Gawain la había visitado por última vez. De cabellos oscuros y ojos castaños, como su hijo, lady Clarice todavía era una mujer hermosa, aunque había perdido fuerza. Su lenta enfermedad parecía menguarla e iluminarla desde dentro. Cada vez que Gawain la visitaba, tenía la sensación de que ella era un poco más espíritu que carne, como gradualmente transformada en su camino hacia la muerte.
Sus cabellos habían adquirido un tono plomizo y sus ojos estaban hundidos y ojerosos, pero en el fondo de sus pupilas brillaba una luz intensa y cálida. La elegante silueta de su constitución ósea se apreciaba claramente en su rostro y en las delgadísimas manos que reposaban en los brazos de la silla.
La mujer sonrió:
—¡Gawain! ¡Oh, Gawain!
—Mamá. —Gawain se acercó a ella y se inclinó para besarla en la apergaminada mejilla—. Veo que estás bien.
—Lo suficiente por ahora, e incluso mejor desde que he sabido de ti a través de Robin. Cariño, todavía estás muy delgado. Tenemos que alimentarte bien mientras estés aquí. —Desvió la mirada hacia detrás de su hijo—. ¡Y esta joven debe de ser tu esposa!
—Juliana Lindsay —repuso Gawain suavemente. Se acercó a Juliana, la tomó de la mano y volvió con ella junto a lady Clarice rezando por que la recién casada frenara su lengua al hablar con su madre, aun si no pensara hacer lo mismo con él. Como todos los miembros de su familia, Gawain temía avivar la sombra de muerte que pendía tan cerca de lady Clarice.
—Lady Clarice de Avenel -le dijo a Juliana. Ella inclinó levemente la cabeza, y sus enormes ojos azul intenso sobre la palidez de su rostro miraron de Gawain a la madre, y otra vez a Gawain. Este advirtió el asombro de la joven. No le había dicho que su madre estaba gravemente enferma. Las palabras necesarias dolían demasiado para poder pronunciarlas.
—Robin me dijo que os habíais casado —dijo lady Clarice— Es una feliz noticia, y una agradable sorpresa. El rey Eduardo está dando muchas sorpresas últimamente. Henry le pidió consejo para encontrarte esposa, y entonces el rey te ordena que te cases con una de sus propias invitadas. El Caballero Cisne y su Doncella Cisne. Qué amable por parte de Eduardo.
—Desde luego —repuso Gawain, comprendiendo al instante la historia que Robin debía de haberle contado a su madrastra, sin duda por petición expresa de Henry.
—Juliana, sé bienvenida. —Clarice empezó a ponerse en pie— Acércate.
Gawain masculló una protesta, y alargó el brazo. La criada se acerco y empujó delicadamente a lady Clarice por el hombro hasta sentarla de nuevo en la silla; luego, le acomodó el almohadón contra el que descansaba la espalda.
—Oh, apártate, Philippa —exclamó lady Clarice, irritada— Déjate de tantos aspavientos. No soy una pieza de cristal. Quiero saludar a mi nueva hija, y tú tan sólo me importunas. La pobre muchacha va a asustarse si lo que ve es a una pobre anciana en el cuarto de un enfermo Ayúdame a levantarme, Gawain. —Philippa miró al joven buscando su ayuda. Él suspiró y ayudó a su madre a ponerse en pie.
La notó frágil entre sus manos, pero también percibió su testarudo espíritu. La sostenía como un pariente preocupado:
—Mamá, con cuidado...
—Oh, cállate. Bienvenida a Avenel, Juliana. Esta es tu casa.
Juliana estaba delante de ella:
—Lady Clarice —repuso, e inclinó la cabeza— Es un honor que me reciba usted tan amablemente.
Soltando un levísimo suspiro de alivio, Gawain tomó de nuevo la mano de Juliana y la atrajo hacia sí. Ella le dedicó una sonrisa de enamorada, dulce y sincera. Él se la devolvió, totalmente agradecido.
De repente, sentía ganas de besarla de nuevo. El sabor a miel de aquel beso aún perduraba en sus labios, aún le hacía hervir la sangre.
—Ven aquí, querida —dijo Clarice—. Oh, eres muy bonita, aunque vas muy desaliñada, después del largo viaje. Gawain, ¿habéis viajado a la marcha de los soldados? Esta muchacha da la impresión de no haber descansado desde hace días.
—Podríamos haber sido más considerados —admitió Gawain—.
Philippa, ¿puedes preparar un baño para mi esposa en mi habitación, por favor?
Philippa asintió y, después de que su señora ama le diera permiso con un gesto de su mano, abandonó la estancia a toda prisa.
—¿Has traído tus cosas contigo, lady Juliana, o llegarán más adelante? —preguntó Clarice—. Podemos buscar algo de ropa limpia para mudarte, si es necesario. Llevas un vestido precioso, pero parece necesitar un buen lavado.
Juliana vaciló:
—Eh... mis cosas...
—Las hemos enviado directamente hacia el norte —intervino rápidamente Gawain—. Tan sólo pasaremos aquí una o dos noches.
Tengo un nuevo destino.
—En Escocia, ya lo sé. ¿Y os iréis tan pronto? Esperaba que pudierais quedaros aquí unas cuantas semanas. Has estado fuera de Avenel durante años, y tan sólo nos has hecho unas cuantas visitas breves en todo ese tiempo. —Estrechó la mano de Gawain, que seguía prestándole apoyo.
—Lo sé —repuso él, sintiendo la punzada de todos aquellos años perdidos, aún más ahora que comprobaba cómo se desvanecían las fuerzas de su madre—. Pero el rey ha enviado tres mil hombres a Escocia. Y sus capitanes han ordenado que todos los grupos viajen a marcha rápida, como tú bien has advertido. Tenemos que partir pronto, pero quería que conocieras a Juliana antes de irnos.
—Esperaba que el rey te permitiera quedarte en Inglaterra esta vez, o que te destinara a la frontera galesa. Pero no a Escocia de nuevo.
—No he podido elegir —repuso Gawain en voz baja—. Y no me importa que vuelvan a enviarme a Escocia.
Lady Clarice miró a Juliana:
—Mi marido me ha dicho que eres escocesa. Lindsay... conozco ese nombre de familia. —Frunció el ceño como intentando recordar algo.
—Mi padre era Alexander Lindsay de Elladoune.
Clarice respiró entrecortadamente:
—¿Elladoune?
—Está en la Escocia Central —explicó Juliana.
—He oído hablar del lugar. —Clarice miró a Gawain—. ¿Es esta joven pariente de... James Lindsay, el rebelde al que tú...?
—Sí —respondió Gawain bruscamente.
—¿Conoces a mi primo? —le preguntó Juliana a Gawain, frunciendo el ceño.
—Sí, un poco —respondió él—. Ocuparé el puesto de alguacil de Elladoune y su nueva guarnición, mamá.
—Oh, Dios mío —dijo su madre débilmente—. Pero ¿por qué te ha casado el rey con la prima del hombre que te causó tantos problemas al...?
—No te preocupes por eso. Estoy convencido de que el rey desea convencer a los rebeldes escoceses de que le sean más leales casando a una de sus jóvenes con un fiel Avenel —dijo Gawain.
—Ese debe de ser el motivo por el que organizó este matrimonio. Pero sin duda Juliana y los suyos son leales.
—Sí, claro. —Gawain notó que Juliana lo miraba con curiosidad—. Mamá, siéntate, por favor. —Lady Clarice no protestó cuando su hijo la ayudó a sentarse de nuevo en la silla. Juliana la rodeó para atusarle los almohadones. La manta estaba doblada en el suelo; Juliana la cogió y se la echó a la mujer sobre las rodillas.
Esta le sonrió, agradecida:
—Hacéis una pareja encantadora, una tan pálida y delicada, y el otro tan moreno y fuerte. Doncella Cisne y Caballero Cisne. —Suspiró, feliz, y recostó la cabeza contra el alto respaldo de la silla—. Eso me recuerda a una leyenda que oí hace mucho tiempo..., bueno, no importa. ¿Quién iba a querer escuchar las divagaciones de una vieja?
—Ni eres vieja, ni divagas —intervino Gawain.
Ella sonrió, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas:
—Me alegro por ti, Gawain. —Alargó la mano para tomar la de Juliana, y asió con la otra la de su hijo—. Por los dos. Es una muchacha dulce y adorable, y veo que te quiere —susurró—. ¿Quién no lo haría? Las muchachas que rechazaron casarse contigo no estaban en sus cabales.
—Mamá. —Gawain estrechó la mano de su madre—. Ahora debes descansar. Mandaré a buscar a Philippa.
Acababa de decir esto, cuando una rolliza gata marrón salió sigilosamente de debajo de la cama, en el centro de la habitación, y se acercó a ellos con la cola en alto, seguida de tres gatitos: uno blanco, uno marrón y el último de ambos colores. La gata saltó al regazo de lady Clarice, y los garitos corrieron a colocarse debajo de la silla. El más pequeño, marrón, alargó una patita para juguetear con la manta.
—¿Qué es esto? No deberían molestarte. —Gawain se agachó para sacar a la gata de las rodillas de lady Clarice—. Vamos —le dijo al animal—, este no es sitio para una gata tan grande como tú.
—Pero a mí me gusta su compañía —protestó su madre.
Gawain dejó a la gata en el suelo y se agachó de nuevo para coger al garito marrón, suave, cálido, diminuto; con delicadeza, se lo dio a su madre:
—Este no pesa tanto —le dijo—. Voy a enviar a buscar a Philippa.
Juliana... —Se volvió hacia ella y descubrió que la joven se había puesto a cuatro patas para observar a los dos garitos que aún estaban bajo la silla de lady Clarice, y que les hablaba cariñosamente, encantada. Juliana se puso en pie con el garito blanco, una hembra, en las manos. Su rostro pálido y solemne se había transformado y ahora, simplemente, relucía de contento. Gawain parpadeó.
—¡Oh, son tan lindos! —dijo Juliana.
—Muy lindos, sí —repuso lady Clarice—. Hacía años que no oía esa palabra. Por favor, querida, quédate con esa gatita.
—No es lo más adecuado para el viaje que nos espera —intervino Gawain.
—Tonterías. Pippa puede ir en una cesta.
—¿Pippa'? —preguntó Juliana.
—Las gemelas le pusieron ese nombre en honor a Philippa, aunque a ella no le gustan los gatos.
Gawain se inclinó para desenredar al garito marrón de los pliegues de la manta que cubría las rodillas de lady Clarice. El pequeño animal intentó hundir sus diminutos colmillos en el dedo de Gawain, pero este lo evitó suavemente, y le permitió trepar por su brazo hasta el hombro.
—Este no puede estarse quieto —dijo el joven, mientras Juliana y Clarice reían. Juliana rozó con su mejilla la cabecita de la gatita blanca. Gawain dejó en el suelo al marrón, que se alejó corriendo para volver con igual velocidad, hasta casi meterse debajo de los pies del joven.
—A partir de ahora, Pippa es tuya, y puedes llamarla como más te guste —dijo Clarice—. Gawain también puede quedarse con su pequeño amiguito.
Fascinado por el sonido de la risa de Juliana, que oía por primera vez, Gawain apenas se dio cuenta de que el gatito estaba jugueteando con los cordones de sus botas. Lo miró:
—Vaya, Sir Bevis, ¿acaso me tomas por un enorme dragón?
Juliana rió de nuevo, alegre, y Gawain le sonrió.
—¡Bevis es un nombre perfecto para este, sí! —aprobó lady Clarice.
—Y Pippa es perfecto para esta cosita tan dulce —dijo Juliana mientras acariciaba la cabecita y el lomo de la gatita blanca con gesto suave y decidido. Miró a Gawain, con una sonrisa deslumbrante: sus ojos relucían como estrellas en el cielo nocturno.
En aquel momento, el corazón de Gawain se derritió. Juliana había amenazado con estar desagradable con su madre, y sin embargo fingía ser una esposa enamorada con tanta convicción que el joven casi lo creía cierto. Cada vez que Gawain estaba con Juliana descubría otra faceta de ella, como si se tratara de un rubí que cambiara con los rayos de luz. Fascinado, pensativo, el joven tan sólo podía mirarla.
La gata se acercó al grupo, caminando con altivez y levantando una pata como declarando que quería que sus gatitos volvieran con ella. Bevis correteó rápidamente, y Juliana se inclinó para acariciar a la gata, mientras Pippa seguía en su mano, cómoda y confiada.
—No toques a la gata —le advirtió Gawain—. Es una criatura con muy mal carácter. Nadie excepto mi madre puede tocarla.
Pero Juliana ya estaba de rodillas, acariciando el lomo del animal.
La gata alargó el cuello y cerró los ojos, ronroneando audiblemente.
Lady Clarice sonrió:
—Esa gata evita a todo el mundo y tan sólo me tolera a mí. Jamás la había visto llevarse tan bien con nadie.
Juliana le rascó suavemente la cabeza a la gata y sonrió. El tercero y más pequeño de los gatitos, otra hembra, marrón y blanca, con un toque de gris en las orejas, salió de debajo de la manta para frotarse contra la pierna de lady Clarice.
—Esta gatita la quiere a usted en especial, señora. ¿Puedo ponerle un nombre ? —preguntó Juliana.
Lady Clarice sonrió:
—¿Y qué nombre le pondrás?
—Marguerite —repuso la joven—. Porque es delicada como esa flor y tiene un carácter muy dulce. —Se agachó, cogió a la gatita y la colocó sobre el regazo de lady Clarice. El animalito se acurrucó y se dispuso a dormir al instante, mucho más apacible que sus hermanos.
Lady Clarice miró a Gawain y sonrió:
—Querido, creo que los ángeles te han enviado a uno de ellos por esposa.
Gawain ayudó a Juliana a ponerse en pie. Se llevó la delicada mano de la joven a los labios y la besó, rebosando gratitud. Juliana había hecho mucho más de lo que él esperaba. Le había llevado a su madre un poco de alegría, y ahora Gawain se sentía en deuda. Se aclaró la garganta y asintió con la cabeza:
—Sí —dijo, mirando fijamente los ojos azul intenso de Juliana—. Es un ángel... cuando quiere.
Lanzando un gran suspiro. Juliana se hundió en la profunda bañera y dejó que el agua, muy caliente, la cubriera y proporcionara sosiego.
Deseó que Philippa tardara en volver, porque quería estar allí, sin ser molestada, disfrutando de unos momentos de paz. El agua, a una temperatura deliciosamente perfecta y perfumada con rosas, hacía desaparecer las tensiones y la fatiga de todos sus músculos. Los pétalos de rosa flotaban en la superficie, y eso también le tranquilizaba el ánimo.
Tomó un poco más de jabón de un pequeño bote, sintiendo las partículas de lavanda entre la mezcla. Mientras se enjabonaba y se lavaba y enjuagaba el pelo, se deleitaba con la fragancia, la textura y el penetrante calorcillo. En casa del abad, en Inchfillan, había pocos lujos como aquel, y Juliana tampoco los había tenido en Elladoune, durante su infancia.
Pero el verdadero lujo era que estaba sola, completamente limpia y empezando a relajarse por fin, después de todas las penurias de las últimas semanas. Echó una mirada a la habitación de Gawain, una estancia agradable, aunque no muy amplia, y amueblada con sobria elegancia.
Los pocos muebles de madera estaban delicadamente labrados y pulidos, el suelo estaba cubierto por alfombras de juncos, en las paredes, encaladas, había cenefas de vivos colores, y la parte superior de las ventanas estaba decorada con un emplomado. En uno de los rincones de la habitación había una cama con dosel de terciopelo rojo.
En eso sí que Juliana no quería pensar siquiera. La sola visión de la cama, con sus almohadones y su grueso colchón pulcramente cubiertos por un edredón de brocado rojo despertaba en ella una curiosa excitación. Imágenes de Gawain desnudo, con su musculoso torso reluciente, acudían a su mente. Juliana recordó con intensidad la sensación del abrazo de Gawain y aquel corto pero asombroso beso en el pasillo.
Gruñó suavemente y echó la cabeza hacia atrás. Fuera lo que fuera lo que el futuro le deparara, se enfrentaría a ello cuando llegara el momento, antes que preocuparse (o ilusionarse) en vano ahora. Cerró los ojos e intentó borrar de su mente los pensamientos que se le amontonaban.
Sin duda, se quedó adormilada un rato, porque cuando volvió a abrir los ojos el agua se había enfriado y la habitación estaba más oscura, apenas iluminada por el fuego casi extinguido del hogar. Juliana salió de la bañera, se secó con una toalla y se sentó en un taburete junto a la lumbre. Sus finos cabellos se secaron al calor de las llamas mientras ella se los peinaba con los dedos. Cuando estuvieron tan sólo un poco húmedos y completamente desenredados, se los peinó en una trenza sobre uno de los hombros.
Philippa había dejado un vestido y algunos accesorios más sobre la cama. Juliana se vistió: calceta de lino, atada a las rodillas con sendas lazadas, una finísima camisa de seda, y un vestido morado de sarga abrochado al cuello, de mangas y corpiño ceñidos, que se ensanchaba a la altura de las caderas.
El bajo del vestido, como el de satén blanco, era demasiado largo... debía de ser la moda en Inglaterra, pensó Juliana. Los vestidos que llevaba en Inchfillan eran más prácticos, y dejaban al descubierto los pies y los tobillos.
Se acordó de su hogar y de las colinas y el lago donde a ella le gustaba pasear. Pronto estaría de nuevo en Escocia, pero quizás nunca volvería a disfrutar de aquella libertad. Ahora, su vida había cambiado por completo.
Cogió un velo blanco de ligerísima seda con una corona de trencillas también de seda, pero volvió a dejarlo en su sitio, sin ganas de lucir un tocado de casada, aún. En lugar de eso, se calzó un par de zapatos de piel con cordones y se paseó por la habitación acariciando la oscura madera pulida de los muebles.
Avenel era un hermoso hogar para vivir, pensó. Todas las habitaciones estaban perfectamente cuidadas, y la familia parecía acogedora y agradable. Se notaba que Gawain los quería a todos, y que también era querido por ellos. Juliana envidió aquella sensación.
Su familia estaba totalmente destrozada. Su padre había muerto, sus hermanos mayores servían en las tropas del rey escocés, y su madre se había consagrado hacía años y por voluntad propia a la vida religiosa, y había dejado a sus hijos menores bajo la protección y el cuidado de su primo, el abad Malcolm. Durante años, Juliana había sentido que su familia eran Malcolm y los monjes, Deirdre (la hermana y ama de llaves del abad), y Lain y Alee.
Al recordar a sus hermanos menores, el temor y la preocupación la invadieron de nuevo. Volvía a sentir ansiedad, como si no se hubiera dado aquel reconfortante baño. Tenía que regresar junto a sus hermanitos, y junto al resto de sus amigos y parientes. Aquella necesidad era dolorosa e insistente.
Con cada momento que pasaba en Inglaterra, Juliana sentía que un jirón de su corazón se desgarraba. Llevaba a Escocia en la sangre, en el alma, y tenía que volver allí.
Luchó por contener las lágrimas mientras la invadía un agudo dolor.
En lo más profundo de su corazón, anhelaba algo más, sentía un vacío, pero no sabía exactamente qué necesitaba. Un hogar, sin duda; amor, quizás. Entonces, pensó en Gawain y meneó lentamente la cabeza.
Por Dios, pensó, estaba cansada, sola y asustada. Se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar. Alguien llamó a la puerta y ella levantó la cabeza:
—Un momento, Philippa —dijo controlando sus sollozos y enjugándose los ojos. Fue a la puerta para descorrer el pasador de hierro.
Abrió la puerta. Allí estaba Gawain. Sobresaltada, Juliana sintió que el corazón le daba un brinco. Gawain sonrió y ladeó la cabeza.
Estaba asombrosamente guapo. Un efecto de la luz y la penumbra, pensó Juliana, mirándole fijamente. Acababa de afeitarse, tenía las mejillas sonrosadas después de un baño caliente, llevaba el pelo húmedo, y los suaves rizos bajaban hasta la curva de su cuello. Había cambiado su polvorienta capa y la cota de malla por una casaca de lino verde oscuro. Hasta Juliana llegó una fragancia de jabón, un aroma de hierbas con un toque de salvia.
Él entrecerró los ojos, preocupado:
—¿No te encuentras bien?
—Cansada —replicó ella, casi desarmada por tan amable pregunta. Retrocedió, aguantando aún los sollozos. Gawain entró en la estancia con el envoltorio que había viajado atado a la silla de su caballo.
Se dirigió al centro de la estancia y dejó el bulto en el suelo. Juliana oyó el áspero tintineo de las cadenas que había dentro.
—¿Has venido a encadenarme durante la noche? —le espetó.
—Aún no —repuso él, seco—. Si ya estás lista, a mi familia le gustaría que nos acompañaras en la cena. Mi madre todavía no está lo suficientemente fuerte para bajar al salón, así que nos reunimos en la terraza cubierta con ella. Mis hermanas tienen unas ganas tremendas de leernos algo, ya que les he traído un libro nuevo.
—Tengo que acabar de vestirme. Estaba esperando a Philippa.
—Está con mi madre. Mis hermanas querían ayudarte con la ropa, pero yo he pensado que necesitarías un poco de paz ahora mismo. Su doncella tiene la risa tan fácil como ellas dos, así que les he dicho que yo mismo vendría a buscarte. Creen que estoy impaciente por encontrarme a solas contigo. Y la idea las fascina.
—Pero a ti no —replicó Juliana. Se dirigió a la cama para coger el velo blanco.
—Si necesitas ayuda, puedo prestártela. Aunque no sé nada acerca de adornos para el pelo, como las gemelas.
—Casi estoy lista. —Deslizó la seda entre sus manos—. Ve tú primero. Me reuniré con vosotros en unos minutos.
—Querida esposa mía —repuso Gawain cruzándose de brazos y apoyándose contra la puerta—, este castillo es un auténtico laberinto de salones y escaleras. Podrías perderte —añadió, irónico.
—Sería una pena que encontrara el modo de salir de aquí y volver a Escocia por mi propio pie —murmuró Juliana. Sacudió el velo, lo hizo pasar por encima de sus cabellos con un solo y elegante gesto, y se colocó la corona en lo alto de la cabeza.
—Si eso sucediera, las consecuencias serían terribles.
—Terribles para ti, inmejorables para mí.
—Doncella Cisne —dijo Gawain—, ¿aún piensas en huir?
—Dicen que tengo ese poder. —Levantó las manos para ajustarse el velo.
Gawain se le acercó:
—Lo llevas torcido. Déjame...
Aturdida, Juliana se apartó:
—Puedo hacerlo sola.
—Mi madre, y otras mujeres casadas que he visto, lo llevan así.
—Gawain tocó el velo, y acomodó la corona. Un estremecimiento recorrió a Juliana. Gawain cogió las puntas del velo, pasó la seda por debajo de la barbilla de Juliana y fajó el extremo más largo en la pieza de la cabeza. Con el pulgar, resiguió la línea de la mejilla y el pómulo, por
encima de la seda—. Ya está.
—Gracias —murmuró ella. Aún sentía los escalofríos, incluso después de que él retirara sus manos.
Gawain alargó el brazo para abrir la puerta y cedió el paso a Juliana, y al sonreír se le formaron unas pequeñas arruguitas alrededor de sus cálidos ojos marrones.
Ella ladeó la cabeza:
—¿Por qué eres tan amable y encantador conmigo unas veces, y tan brusco y rudo otras? —le preguntó impulsivamente—. ¿Qué es lo que quieres de este matrimonio?
Él frunció levemente el ceño:
—¿Qué es lo que cualquier hombre quiere de su esposa?
—Ya que anoche no me tocaste, no puede tratarse de lascivia —repuso ella descaradamente—. Si son tierras y títulos, no los conseguirás de mí, porque no tengo una herencia que valga la pena reclamar.
¿Es entonces el favor del rey suficiente para ti?
Gawain volvió a cerrar la puerta, de golpe, y apoyó la mano contra ella, con el brazo por encima de la cabeza de Juliana:
—Cada vez que ves una oportunidad para herirme, lo intentas, señora. Y mi paciencia se va agotando.
—La mía también —repuso ella.
—Tú —replicó Gawain— no tienes paciencia.
—Sí la tengo, cuando quiero. Y ahora mismo lo que quiero es ser libre. Ya he tenido suficiente cautividad.
—No la suficiente para afilar tu ira sobre mí. Yo no soy tu enemigo o tu torturador. Tan sólo te he demostrado amabilidad, y espero lo mismo de ti.
Juliana desvió la mirada, sintiéndose ruborizar, sabiendo que Gawain decía la verdad. A veces, ella se había comportado de mala manera con él, a pesar de que el joven la había ayudado:
—Es probable que lo que pretendas sea encerrarme en Elladoune y esperar nuevas órdenes de tu rey.
—Si no puedes controlar tu maldito carácter, puede que te encierre en la primera torre que encuentre. —Ella le dirigió una mordaz mirada, pero se sintió como mirando a una pared de granito. Gawain no dejó de mirarla fijamente hasta que Juliana volvió a desviar los ojos—. Pero puedes quedarte con tu garita blanca en la celda —añadió entonces Gawain—. De momento, está en la terraza, esperándote en una cestita.
Juliana frunció los labios:
—No creas que eso hará que me gustes un poco más. He accedido a ser amable con tu madre, y lo seré, al igual que con tus hermanas. En cuanto a ti...
—Que seas amable con mi madre es mucho más importante para mí.
—No quiero disgustarla. Es una buena mujer.
—Sí, lo es —repuso Gawain con un gruñido—. Juliana..., mi madre y mis hermanas no saben toda la verdad acerca de nosotros, ni de risa. Y no vamos a decírsela..., al menos, no aún.
—En cuanto sepan la verdad, ya no les gustaré.
—Lo dudo, pero... —Lanzó un suspiro—. Puede que mi madre no viva lo suficiente para saber la verdad. No la preocuparemos (ni tampoco a las chiquillas, que ya sufren bastante con nuestra madre tan enferma) con las deplorables circunstancias de nuestra boda y las órdenes del rey.
Juliana asintió, seria:
—Por ahora. ¿Y más adelante?
—Ya veremos. Iremos a Escocia y haremos lo posible por atenernos a las órdenes del rey.
—Ah. Cadenas y lecciones de obediencia para mí, y tierras y elogios para ti.
Él soltó un soplido de impaciencia, y pareció que sus ojos echaban chispas:
—¿Crees de verdad que yo quería esto? —preguntó a Juliana—. ¿Crees que me gusta verte encadenada y exhibida?
—No lo evitaste —repuso ella.
Gawain cerró los ojos. Un músculo de su mejilla se agitó:
—Tenía que tomar decisiones. Hay asuntos que tú desconoces, y motivos por los cuales hago lo que hago.
—Dime, entonces. ¿Por qué formas parte de esto? No pareces un hombre al que le gusten los crueles juegos del rey, pero participas en ellos.
—Sí, participo —accedió suavemente Gawain—. Ahora.
—¿Qué es lo que quieres de este matrimonio, y de todo este plan de mantenerme prisionera y aleccionarme?
Él soltó aire, muy lentamente:
—Lo que quiero por encima de todo —repuso—, hace años que renuncié a conseguirlo. Ahora tengo nuevas metas.
Juliana percibió la tensión en él. Y más aún: una corriente de tristeza, incluso de soledad. Ladeó la cabeza, sintiendo una repentina compasión y simpatía:
—Hay algo que deseas con todas tus fuerzas —dijo entonces, en un tono más cariñoso—. ¿Qué es?
—Quiero cualquier cosa que mi rey desee, desde luego —repuso Gawain bruscamente. Y abrió la puerta—. La cena se enfría, y mi familia tiene muchas ganas de verte. Recuerda —añadió mientras ella salía al pasillo delante de él—: por ahora, me adoras.
—Oh —repuso ella, impertinente—, ¿cómo olvidarlo? —Siguió caminando, y oyó una amarga risita de Gawain a su espalda.
Estaba más delgada que nunca, y eso que apenas hacía un mes que Gawain la había visitado por última vez. De cabellos oscuros y ojos castaños, como su hijo, lady Clarice todavía era una mujer hermosa, aunque había perdido fuerza. Su lenta enfermedad parecía menguarla e iluminarla desde dentro. Cada vez que Gawain la visitaba, tenía la sensación de que ella era un poco más espíritu que carne, como gradualmente transformada en su camino hacia la muerte.
Sus cabellos habían adquirido un tono plomizo y sus ojos estaban hundidos y ojerosos, pero en el fondo de sus pupilas brillaba una luz intensa y cálida. La elegante silueta de su constitución ósea se apreciaba claramente en su rostro y en las delgadísimas manos que reposaban en los brazos de la silla.
La mujer sonrió:
—¡Gawain! ¡Oh, Gawain!
—Mamá. —Gawain se acercó a ella y se inclinó para besarla en la apergaminada mejilla—. Veo que estás bien.
—Lo suficiente por ahora, e incluso mejor desde que he sabido de ti a través de Robin. Cariño, todavía estás muy delgado. Tenemos que alimentarte bien mientras estés aquí. —Desvió la mirada hacia detrás de su hijo—. ¡Y esta joven debe de ser tu esposa!
—Juliana Lindsay —repuso Gawain suavemente. Se acercó a Juliana, la tomó de la mano y volvió con ella junto a lady Clarice rezando por que la recién casada frenara su lengua al hablar con su madre, aun si no pensara hacer lo mismo con él. Como todos los miembros de su familia, Gawain temía avivar la sombra de muerte que pendía tan cerca de lady Clarice.
—Lady Clarice de Avenel -le dijo a Juliana. Ella inclinó levemente la cabeza, y sus enormes ojos azul intenso sobre la palidez de su rostro miraron de Gawain a la madre, y otra vez a Gawain. Este advirtió el asombro de la joven. No le había dicho que su madre estaba gravemente enferma. Las palabras necesarias dolían demasiado para poder pronunciarlas.
—Robin me dijo que os habíais casado —dijo lady Clarice— Es una feliz noticia, y una agradable sorpresa. El rey Eduardo está dando muchas sorpresas últimamente. Henry le pidió consejo para encontrarte esposa, y entonces el rey te ordena que te cases con una de sus propias invitadas. El Caballero Cisne y su Doncella Cisne. Qué amable por parte de Eduardo.
—Desde luego —repuso Gawain, comprendiendo al instante la historia que Robin debía de haberle contado a su madrastra, sin duda por petición expresa de Henry.
—Juliana, sé bienvenida. —Clarice empezó a ponerse en pie— Acércate.
Gawain masculló una protesta, y alargó el brazo. La criada se acerco y empujó delicadamente a lady Clarice por el hombro hasta sentarla de nuevo en la silla; luego, le acomodó el almohadón contra el que descansaba la espalda.
—Oh, apártate, Philippa —exclamó lady Clarice, irritada— Déjate de tantos aspavientos. No soy una pieza de cristal. Quiero saludar a mi nueva hija, y tú tan sólo me importunas. La pobre muchacha va a asustarse si lo que ve es a una pobre anciana en el cuarto de un enfermo Ayúdame a levantarme, Gawain. —Philippa miró al joven buscando su ayuda. Él suspiró y ayudó a su madre a ponerse en pie.
La notó frágil entre sus manos, pero también percibió su testarudo espíritu. La sostenía como un pariente preocupado:
—Mamá, con cuidado...
—Oh, cállate. Bienvenida a Avenel, Juliana. Esta es tu casa.
Juliana estaba delante de ella:
—Lady Clarice —repuso, e inclinó la cabeza— Es un honor que me reciba usted tan amablemente.
Soltando un levísimo suspiro de alivio, Gawain tomó de nuevo la mano de Juliana y la atrajo hacia sí. Ella le dedicó una sonrisa de enamorada, dulce y sincera. Él se la devolvió, totalmente agradecido.
De repente, sentía ganas de besarla de nuevo. El sabor a miel de aquel beso aún perduraba en sus labios, aún le hacía hervir la sangre.
—Ven aquí, querida —dijo Clarice—. Oh, eres muy bonita, aunque vas muy desaliñada, después del largo viaje. Gawain, ¿habéis viajado a la marcha de los soldados? Esta muchacha da la impresión de no haber descansado desde hace días.
—Podríamos haber sido más considerados —admitió Gawain—.
Philippa, ¿puedes preparar un baño para mi esposa en mi habitación, por favor?
Philippa asintió y, después de que su señora ama le diera permiso con un gesto de su mano, abandonó la estancia a toda prisa.
—¿Has traído tus cosas contigo, lady Juliana, o llegarán más adelante? —preguntó Clarice—. Podemos buscar algo de ropa limpia para mudarte, si es necesario. Llevas un vestido precioso, pero parece necesitar un buen lavado.
Juliana vaciló:
—Eh... mis cosas...
—Las hemos enviado directamente hacia el norte —intervino rápidamente Gawain—. Tan sólo pasaremos aquí una o dos noches.
Tengo un nuevo destino.
—En Escocia, ya lo sé. ¿Y os iréis tan pronto? Esperaba que pudierais quedaros aquí unas cuantas semanas. Has estado fuera de Avenel durante años, y tan sólo nos has hecho unas cuantas visitas breves en todo ese tiempo. —Estrechó la mano de Gawain, que seguía prestándole apoyo.
—Lo sé —repuso él, sintiendo la punzada de todos aquellos años perdidos, aún más ahora que comprobaba cómo se desvanecían las fuerzas de su madre—. Pero el rey ha enviado tres mil hombres a Escocia. Y sus capitanes han ordenado que todos los grupos viajen a marcha rápida, como tú bien has advertido. Tenemos que partir pronto, pero quería que conocieras a Juliana antes de irnos.
—Esperaba que el rey te permitiera quedarte en Inglaterra esta vez, o que te destinara a la frontera galesa. Pero no a Escocia de nuevo.
—No he podido elegir —repuso Gawain en voz baja—. Y no me importa que vuelvan a enviarme a Escocia.
Lady Clarice miró a Juliana:
—Mi marido me ha dicho que eres escocesa. Lindsay... conozco ese nombre de familia. —Frunció el ceño como intentando recordar algo.
—Mi padre era Alexander Lindsay de Elladoune.
Clarice respiró entrecortadamente:
—¿Elladoune?
—Está en la Escocia Central —explicó Juliana.
—He oído hablar del lugar. —Clarice miró a Gawain—. ¿Es esta joven pariente de... James Lindsay, el rebelde al que tú...?
—Sí —respondió Gawain bruscamente.
—¿Conoces a mi primo? —le preguntó Juliana a Gawain, frunciendo el ceño.
—Sí, un poco —respondió él—. Ocuparé el puesto de alguacil de Elladoune y su nueva guarnición, mamá.
—Oh, Dios mío —dijo su madre débilmente—. Pero ¿por qué te ha casado el rey con la prima del hombre que te causó tantos problemas al...?
—No te preocupes por eso. Estoy convencido de que el rey desea convencer a los rebeldes escoceses de que le sean más leales casando a una de sus jóvenes con un fiel Avenel —dijo Gawain.
—Ese debe de ser el motivo por el que organizó este matrimonio. Pero sin duda Juliana y los suyos son leales.
—Sí, claro. —Gawain notó que Juliana lo miraba con curiosidad—. Mamá, siéntate, por favor. —Lady Clarice no protestó cuando su hijo la ayudó a sentarse de nuevo en la silla. Juliana la rodeó para atusarle los almohadones. La manta estaba doblada en el suelo; Juliana la cogió y se la echó a la mujer sobre las rodillas.
Esta le sonrió, agradecida:
—Hacéis una pareja encantadora, una tan pálida y delicada, y el otro tan moreno y fuerte. Doncella Cisne y Caballero Cisne. —Suspiró, feliz, y recostó la cabeza contra el alto respaldo de la silla—. Eso me recuerda a una leyenda que oí hace mucho tiempo..., bueno, no importa. ¿Quién iba a querer escuchar las divagaciones de una vieja?
—Ni eres vieja, ni divagas —intervino Gawain.
Ella sonrió, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas:
—Me alegro por ti, Gawain. —Alargó la mano para tomar la de Juliana, y asió con la otra la de su hijo—. Por los dos. Es una muchacha dulce y adorable, y veo que te quiere —susurró—. ¿Quién no lo haría? Las muchachas que rechazaron casarse contigo no estaban en sus cabales.
—Mamá. —Gawain estrechó la mano de su madre—. Ahora debes descansar. Mandaré a buscar a Philippa.
Acababa de decir esto, cuando una rolliza gata marrón salió sigilosamente de debajo de la cama, en el centro de la habitación, y se acercó a ellos con la cola en alto, seguida de tres gatitos: uno blanco, uno marrón y el último de ambos colores. La gata saltó al regazo de lady Clarice, y los garitos corrieron a colocarse debajo de la silla. El más pequeño, marrón, alargó una patita para juguetear con la manta.
—¿Qué es esto? No deberían molestarte. —Gawain se agachó para sacar a la gata de las rodillas de lady Clarice—. Vamos —le dijo al animal—, este no es sitio para una gata tan grande como tú.
—Pero a mí me gusta su compañía —protestó su madre.
Gawain dejó a la gata en el suelo y se agachó de nuevo para coger al garito marrón, suave, cálido, diminuto; con delicadeza, se lo dio a su madre:
—Este no pesa tanto —le dijo—. Voy a enviar a buscar a Philippa.
Juliana... —Se volvió hacia ella y descubrió que la joven se había puesto a cuatro patas para observar a los dos garitos que aún estaban bajo la silla de lady Clarice, y que les hablaba cariñosamente, encantada. Juliana se puso en pie con el garito blanco, una hembra, en las manos. Su rostro pálido y solemne se había transformado y ahora, simplemente, relucía de contento. Gawain parpadeó.
—¡Oh, son tan lindos! —dijo Juliana.
—Muy lindos, sí —repuso lady Clarice—. Hacía años que no oía esa palabra. Por favor, querida, quédate con esa gatita.
—No es lo más adecuado para el viaje que nos espera —intervino Gawain.
—Tonterías. Pippa puede ir en una cesta.
—¿Pippa'? —preguntó Juliana.
—Las gemelas le pusieron ese nombre en honor a Philippa, aunque a ella no le gustan los gatos.
Gawain se inclinó para desenredar al garito marrón de los pliegues de la manta que cubría las rodillas de lady Clarice. El pequeño animal intentó hundir sus diminutos colmillos en el dedo de Gawain, pero este lo evitó suavemente, y le permitió trepar por su brazo hasta el hombro.
—Este no puede estarse quieto —dijo el joven, mientras Juliana y Clarice reían. Juliana rozó con su mejilla la cabecita de la gatita blanca. Gawain dejó en el suelo al marrón, que se alejó corriendo para volver con igual velocidad, hasta casi meterse debajo de los pies del joven.
—A partir de ahora, Pippa es tuya, y puedes llamarla como más te guste —dijo Clarice—. Gawain también puede quedarse con su pequeño amiguito.
Fascinado por el sonido de la risa de Juliana, que oía por primera vez, Gawain apenas se dio cuenta de que el gatito estaba jugueteando con los cordones de sus botas. Lo miró:
—Vaya, Sir Bevis, ¿acaso me tomas por un enorme dragón?
Juliana rió de nuevo, alegre, y Gawain le sonrió.
—¡Bevis es un nombre perfecto para este, sí! —aprobó lady Clarice.
—Y Pippa es perfecto para esta cosita tan dulce —dijo Juliana mientras acariciaba la cabecita y el lomo de la gatita blanca con gesto suave y decidido. Miró a Gawain, con una sonrisa deslumbrante: sus ojos relucían como estrellas en el cielo nocturno.
En aquel momento, el corazón de Gawain se derritió. Juliana había amenazado con estar desagradable con su madre, y sin embargo fingía ser una esposa enamorada con tanta convicción que el joven casi lo creía cierto. Cada vez que Gawain estaba con Juliana descubría otra faceta de ella, como si se tratara de un rubí que cambiara con los rayos de luz. Fascinado, pensativo, el joven tan sólo podía mirarla.
La gata se acercó al grupo, caminando con altivez y levantando una pata como declarando que quería que sus gatitos volvieran con ella. Bevis correteó rápidamente, y Juliana se inclinó para acariciar a la gata, mientras Pippa seguía en su mano, cómoda y confiada.
—No toques a la gata —le advirtió Gawain—. Es una criatura con muy mal carácter. Nadie excepto mi madre puede tocarla.
Pero Juliana ya estaba de rodillas, acariciando el lomo del animal.
La gata alargó el cuello y cerró los ojos, ronroneando audiblemente.
Lady Clarice sonrió:
—Esa gata evita a todo el mundo y tan sólo me tolera a mí. Jamás la había visto llevarse tan bien con nadie.
Juliana le rascó suavemente la cabeza a la gata y sonrió. El tercero y más pequeño de los gatitos, otra hembra, marrón y blanca, con un toque de gris en las orejas, salió de debajo de la manta para frotarse contra la pierna de lady Clarice.
—Esta gatita la quiere a usted en especial, señora. ¿Puedo ponerle un nombre ? —preguntó Juliana.
Lady Clarice sonrió:
—¿Y qué nombre le pondrás?
—Marguerite —repuso la joven—. Porque es delicada como esa flor y tiene un carácter muy dulce. —Se agachó, cogió a la gatita y la colocó sobre el regazo de lady Clarice. El animalito se acurrucó y se dispuso a dormir al instante, mucho más apacible que sus hermanos.
Lady Clarice miró a Gawain y sonrió:
—Querido, creo que los ángeles te han enviado a uno de ellos por esposa.
Gawain ayudó a Juliana a ponerse en pie. Se llevó la delicada mano de la joven a los labios y la besó, rebosando gratitud. Juliana había hecho mucho más de lo que él esperaba. Le había llevado a su madre un poco de alegría, y ahora Gawain se sentía en deuda. Se aclaró la garganta y asintió con la cabeza:
—Sí —dijo, mirando fijamente los ojos azul intenso de Juliana—. Es un ángel... cuando quiere.
Lanzando un gran suspiro. Juliana se hundió en la profunda bañera y dejó que el agua, muy caliente, la cubriera y proporcionara sosiego.
Deseó que Philippa tardara en volver, porque quería estar allí, sin ser molestada, disfrutando de unos momentos de paz. El agua, a una temperatura deliciosamente perfecta y perfumada con rosas, hacía desaparecer las tensiones y la fatiga de todos sus músculos. Los pétalos de rosa flotaban en la superficie, y eso también le tranquilizaba el ánimo.
Tomó un poco más de jabón de un pequeño bote, sintiendo las partículas de lavanda entre la mezcla. Mientras se enjabonaba y se lavaba y enjuagaba el pelo, se deleitaba con la fragancia, la textura y el penetrante calorcillo. En casa del abad, en Inchfillan, había pocos lujos como aquel, y Juliana tampoco los había tenido en Elladoune, durante su infancia.
Pero el verdadero lujo era que estaba sola, completamente limpia y empezando a relajarse por fin, después de todas las penurias de las últimas semanas. Echó una mirada a la habitación de Gawain, una estancia agradable, aunque no muy amplia, y amueblada con sobria elegancia.
Los pocos muebles de madera estaban delicadamente labrados y pulidos, el suelo estaba cubierto por alfombras de juncos, en las paredes, encaladas, había cenefas de vivos colores, y la parte superior de las ventanas estaba decorada con un emplomado. En uno de los rincones de la habitación había una cama con dosel de terciopelo rojo.
En eso sí que Juliana no quería pensar siquiera. La sola visión de la cama, con sus almohadones y su grueso colchón pulcramente cubiertos por un edredón de brocado rojo despertaba en ella una curiosa excitación. Imágenes de Gawain desnudo, con su musculoso torso reluciente, acudían a su mente. Juliana recordó con intensidad la sensación del abrazo de Gawain y aquel corto pero asombroso beso en el pasillo.
Gruñó suavemente y echó la cabeza hacia atrás. Fuera lo que fuera lo que el futuro le deparara, se enfrentaría a ello cuando llegara el momento, antes que preocuparse (o ilusionarse) en vano ahora. Cerró los ojos e intentó borrar de su mente los pensamientos que se le amontonaban.
Sin duda, se quedó adormilada un rato, porque cuando volvió a abrir los ojos el agua se había enfriado y la habitación estaba más oscura, apenas iluminada por el fuego casi extinguido del hogar. Juliana salió de la bañera, se secó con una toalla y se sentó en un taburete junto a la lumbre. Sus finos cabellos se secaron al calor de las llamas mientras ella se los peinaba con los dedos. Cuando estuvieron tan sólo un poco húmedos y completamente desenredados, se los peinó en una trenza sobre uno de los hombros.
Philippa había dejado un vestido y algunos accesorios más sobre la cama. Juliana se vistió: calceta de lino, atada a las rodillas con sendas lazadas, una finísima camisa de seda, y un vestido morado de sarga abrochado al cuello, de mangas y corpiño ceñidos, que se ensanchaba a la altura de las caderas.
El bajo del vestido, como el de satén blanco, era demasiado largo... debía de ser la moda en Inglaterra, pensó Juliana. Los vestidos que llevaba en Inchfillan eran más prácticos, y dejaban al descubierto los pies y los tobillos.
Se acordó de su hogar y de las colinas y el lago donde a ella le gustaba pasear. Pronto estaría de nuevo en Escocia, pero quizás nunca volvería a disfrutar de aquella libertad. Ahora, su vida había cambiado por completo.
Cogió un velo blanco de ligerísima seda con una corona de trencillas también de seda, pero volvió a dejarlo en su sitio, sin ganas de lucir un tocado de casada, aún. En lugar de eso, se calzó un par de zapatos de piel con cordones y se paseó por la habitación acariciando la oscura madera pulida de los muebles.
Avenel era un hermoso hogar para vivir, pensó. Todas las habitaciones estaban perfectamente cuidadas, y la familia parecía acogedora y agradable. Se notaba que Gawain los quería a todos, y que también era querido por ellos. Juliana envidió aquella sensación.
Su familia estaba totalmente destrozada. Su padre había muerto, sus hermanos mayores servían en las tropas del rey escocés, y su madre se había consagrado hacía años y por voluntad propia a la vida religiosa, y había dejado a sus hijos menores bajo la protección y el cuidado de su primo, el abad Malcolm. Durante años, Juliana había sentido que su familia eran Malcolm y los monjes, Deirdre (la hermana y ama de llaves del abad), y Lain y Alee.
Al recordar a sus hermanos menores, el temor y la preocupación la invadieron de nuevo. Volvía a sentir ansiedad, como si no se hubiera dado aquel reconfortante baño. Tenía que regresar junto a sus hermanitos, y junto al resto de sus amigos y parientes. Aquella necesidad era dolorosa e insistente.
Con cada momento que pasaba en Inglaterra, Juliana sentía que un jirón de su corazón se desgarraba. Llevaba a Escocia en la sangre, en el alma, y tenía que volver allí.
Luchó por contener las lágrimas mientras la invadía un agudo dolor.
En lo más profundo de su corazón, anhelaba algo más, sentía un vacío, pero no sabía exactamente qué necesitaba. Un hogar, sin duda; amor, quizás. Entonces, pensó en Gawain y meneó lentamente la cabeza.
Por Dios, pensó, estaba cansada, sola y asustada. Se cubrió el rostro con las manos y rompió a llorar. Alguien llamó a la puerta y ella levantó la cabeza:
—Un momento, Philippa —dijo controlando sus sollozos y enjugándose los ojos. Fue a la puerta para descorrer el pasador de hierro.
Abrió la puerta. Allí estaba Gawain. Sobresaltada, Juliana sintió que el corazón le daba un brinco. Gawain sonrió y ladeó la cabeza.
Estaba asombrosamente guapo. Un efecto de la luz y la penumbra, pensó Juliana, mirándole fijamente. Acababa de afeitarse, tenía las mejillas sonrosadas después de un baño caliente, llevaba el pelo húmedo, y los suaves rizos bajaban hasta la curva de su cuello. Había cambiado su polvorienta capa y la cota de malla por una casaca de lino verde oscuro. Hasta Juliana llegó una fragancia de jabón, un aroma de hierbas con un toque de salvia.
Él entrecerró los ojos, preocupado:
—¿No te encuentras bien?
—Cansada —replicó ella, casi desarmada por tan amable pregunta. Retrocedió, aguantando aún los sollozos. Gawain entró en la estancia con el envoltorio que había viajado atado a la silla de su caballo.
Se dirigió al centro de la estancia y dejó el bulto en el suelo. Juliana oyó el áspero tintineo de las cadenas que había dentro.
—¿Has venido a encadenarme durante la noche? —le espetó.
—Aún no —repuso él, seco—. Si ya estás lista, a mi familia le gustaría que nos acompañaras en la cena. Mi madre todavía no está lo suficientemente fuerte para bajar al salón, así que nos reunimos en la terraza cubierta con ella. Mis hermanas tienen unas ganas tremendas de leernos algo, ya que les he traído un libro nuevo.
—Tengo que acabar de vestirme. Estaba esperando a Philippa.
—Está con mi madre. Mis hermanas querían ayudarte con la ropa, pero yo he pensado que necesitarías un poco de paz ahora mismo. Su doncella tiene la risa tan fácil como ellas dos, así que les he dicho que yo mismo vendría a buscarte. Creen que estoy impaciente por encontrarme a solas contigo. Y la idea las fascina.
—Pero a ti no —replicó Juliana. Se dirigió a la cama para coger el velo blanco.
—Si necesitas ayuda, puedo prestártela. Aunque no sé nada acerca de adornos para el pelo, como las gemelas.
—Casi estoy lista. —Deslizó la seda entre sus manos—. Ve tú primero. Me reuniré con vosotros en unos minutos.
—Querida esposa mía —repuso Gawain cruzándose de brazos y apoyándose contra la puerta—, este castillo es un auténtico laberinto de salones y escaleras. Podrías perderte —añadió, irónico.
—Sería una pena que encontrara el modo de salir de aquí y volver a Escocia por mi propio pie —murmuró Juliana. Sacudió el velo, lo hizo pasar por encima de sus cabellos con un solo y elegante gesto, y se colocó la corona en lo alto de la cabeza.
—Si eso sucediera, las consecuencias serían terribles.
—Terribles para ti, inmejorables para mí.
—Doncella Cisne —dijo Gawain—, ¿aún piensas en huir?
—Dicen que tengo ese poder. —Levantó las manos para ajustarse el velo.
Gawain se le acercó:
—Lo llevas torcido. Déjame...
Aturdida, Juliana se apartó:
—Puedo hacerlo sola.
—Mi madre, y otras mujeres casadas que he visto, lo llevan así.
—Gawain tocó el velo, y acomodó la corona. Un estremecimiento recorrió a Juliana. Gawain cogió las puntas del velo, pasó la seda por debajo de la barbilla de Juliana y fajó el extremo más largo en la pieza de la cabeza. Con el pulgar, resiguió la línea de la mejilla y el pómulo, por
encima de la seda—. Ya está.
—Gracias —murmuró ella. Aún sentía los escalofríos, incluso después de que él retirara sus manos.
Gawain alargó el brazo para abrir la puerta y cedió el paso a Juliana, y al sonreír se le formaron unas pequeñas arruguitas alrededor de sus cálidos ojos marrones.
Ella ladeó la cabeza:
—¿Por qué eres tan amable y encantador conmigo unas veces, y tan brusco y rudo otras? —le preguntó impulsivamente—. ¿Qué es lo que quieres de este matrimonio?
Él frunció levemente el ceño:
—¿Qué es lo que cualquier hombre quiere de su esposa?
—Ya que anoche no me tocaste, no puede tratarse de lascivia —repuso ella descaradamente—. Si son tierras y títulos, no los conseguirás de mí, porque no tengo una herencia que valga la pena reclamar.
¿Es entonces el favor del rey suficiente para ti?
Gawain volvió a cerrar la puerta, de golpe, y apoyó la mano contra ella, con el brazo por encima de la cabeza de Juliana:
—Cada vez que ves una oportunidad para herirme, lo intentas, señora. Y mi paciencia se va agotando.
—La mía también —repuso ella.
—Tú —replicó Gawain— no tienes paciencia.
—Sí la tengo, cuando quiero. Y ahora mismo lo que quiero es ser libre. Ya he tenido suficiente cautividad.
—No la suficiente para afilar tu ira sobre mí. Yo no soy tu enemigo o tu torturador. Tan sólo te he demostrado amabilidad, y espero lo mismo de ti.
Juliana desvió la mirada, sintiéndose ruborizar, sabiendo que Gawain decía la verdad. A veces, ella se había comportado de mala manera con él, a pesar de que el joven la había ayudado:
—Es probable que lo que pretendas sea encerrarme en Elladoune y esperar nuevas órdenes de tu rey.
—Si no puedes controlar tu maldito carácter, puede que te encierre en la primera torre que encuentre. —Ella le dirigió una mordaz mirada, pero se sintió como mirando a una pared de granito. Gawain no dejó de mirarla fijamente hasta que Juliana volvió a desviar los ojos—. Pero puedes quedarte con tu garita blanca en la celda —añadió entonces Gawain—. De momento, está en la terraza, esperándote en una cestita.
Juliana frunció los labios:
—No creas que eso hará que me gustes un poco más. He accedido a ser amable con tu madre, y lo seré, al igual que con tus hermanas. En cuanto a ti...
—Que seas amable con mi madre es mucho más importante para mí.
—No quiero disgustarla. Es una buena mujer.
—Sí, lo es —repuso Gawain con un gruñido—. Juliana..., mi madre y mis hermanas no saben toda la verdad acerca de nosotros, ni de risa. Y no vamos a decírsela..., al menos, no aún.
—En cuanto sepan la verdad, ya no les gustaré.
—Lo dudo, pero... —Lanzó un suspiro—. Puede que mi madre no viva lo suficiente para saber la verdad. No la preocuparemos (ni tampoco a las chiquillas, que ya sufren bastante con nuestra madre tan enferma) con las deplorables circunstancias de nuestra boda y las órdenes del rey.
Juliana asintió, seria:
—Por ahora. ¿Y más adelante?
—Ya veremos. Iremos a Escocia y haremos lo posible por atenernos a las órdenes del rey.
—Ah. Cadenas y lecciones de obediencia para mí, y tierras y elogios para ti.
Él soltó un soplido de impaciencia, y pareció que sus ojos echaban chispas:
—¿Crees de verdad que yo quería esto? —preguntó a Juliana—. ¿Crees que me gusta verte encadenada y exhibida?
—No lo evitaste —repuso ella.
Gawain cerró los ojos. Un músculo de su mejilla se agitó:
—Tenía que tomar decisiones. Hay asuntos que tú desconoces, y motivos por los cuales hago lo que hago.
—Dime, entonces. ¿Por qué formas parte de esto? No pareces un hombre al que le gusten los crueles juegos del rey, pero participas en ellos.
—Sí, participo —accedió suavemente Gawain—. Ahora.
—¿Qué es lo que quieres de este matrimonio, y de todo este plan de mantenerme prisionera y aleccionarme?
Él soltó aire, muy lentamente:
—Lo que quiero por encima de todo —repuso—, hace años que renuncié a conseguirlo. Ahora tengo nuevas metas.
Juliana percibió la tensión en él. Y más aún: una corriente de tristeza, incluso de soledad. Ladeó la cabeza, sintiendo una repentina compasión y simpatía:
—Hay algo que deseas con todas tus fuerzas —dijo entonces, en un tono más cariñoso—. ¿Qué es?
—Quiero cualquier cosa que mi rey desee, desde luego —repuso Gawain bruscamente. Y abrió la puerta—. La cena se enfría, y mi familia tiene muchas ganas de verte. Recuerda —añadió mientras ella salía al pasillo delante de él—: por ahora, me adoras.
—Oh —repuso ella, impertinente—, ¿cómo olvidarlo? —Siguió caminando, y oyó una amarga risita de Gawain a su espalda.
LA CISNE Capítulo 13
Un hombre maduro encontró una bella novia, La hija del rey de Escocia...
La. voz de Eleanor resbaló por los primeros pasajes de la historia de Bevis de Hampton. Escuchándola, Gawain alargó una mano para acariciar las orejas del viejo galgo que descansaba frente al fuego.
La dama a la que me refiero era bella, de vivo genio y alto abolengo.
Gawain miró de reojo a Juliana. Sentada en la silla de al lado, tenía la garita blanca en el regazo y también escuchaba. Desde luego, el destino le había proporcionado a Gawain una bella dama de Escocia, pensó. Lo que vendría en un futuro, no lo sabía.
Un gruñido de Robin distrajo su atención. Su hermanastro estaba sentado a una mesa, frente a Catherine, en el otro extremo del tablero de ajedrez. Se lamentaba de una hábil jugada que ella acababa de hacer.
Eleanor seguía leyendo, enroscada a los pies de su madre, al otro lado del hogar, volviendo las páginas de pergamino del manuscrito ilustrado. Lady Clarice escuchaba, con una manta echada sobre las rodillas, aunque la estancia estaba bastante caldeada. Ahogó una tos detrás de un pañuelo y tomó un sorbito de vino. Philippa levantó la mirada al instante desde su silla del rincón, donde cosía.
A pesar de la triste incertidumbre de la enfermedad de su madre, Gawain se sentía un poco feliz. Lo que le sorprendía era que la presencia de Juliana contribuía en enorme medida a ello. La observó mientras ella balanceaba un lazo sobre la gatita, para regocijo de esta.
Y deseó que aquellos instantes de paz y armonía (como una burbuja que contuviera el paraíso) perduraran indefinidamente.
Su mirada recorrió a Juliana de la cabeza a los pies, y de nuevo hasta la cabeza. El vestido morado contrastaba con su palidez dorada, y sus mejillas estaban sonrosadas a causa del calorcillo de las llamas del fuego. El corte del traje realzaba su delicado cuerpo y revelaba la gracia de su largo cuello. Profundamente atraído por Juliana, pero sin saber cómo se sentía ella, Gawain desvió la mirada. Eleanor había acabado el pasaje, y tanto ella como su madre le estaban mirando fijamente.
—Una bonita historia —se apresuró a decir Gawain. La conocía más por lo que había leído con anterioridad, que por lo que había escuchado ahora mismo—. Una aventura apasionante, aunque sin la sensibilidad poética que nuestra madre prefiere en una larga historia épica, como por ejemplo Gawain y el Caballero Verde.
—Sin duda nadie puede superar al poeta Gawain. —Lady Clarice sonrió—. Es una de mis favoritas... y quizás sea el motivo por el que llamé así a mi hijo. —Sonrió de nuevo—. Pero esta historia es emocionante. Escucharemos un trozo más mañana al atardecer. Juliana, ¿habías oído ya la historia de Bevis?
Juliana meneó la cabeza, y sus dedos dejaron por un momento de acariciar a la gatita:
—Es nueva para mí, señora.
—Sin duda. Juliana habrá oído muchas otras historias —intervino Catherine—. Se dice que los narradores escoceses son los mejores.
Gawain, seguro que tú recuerdas las historias de tu infancia, ¿verdad?
Él se encogió de hombros:
—Hace mucho de eso —murmuró—. Mi abuelo... —De repente, se calló, al caer en la cuenta de que Juliana no sabía nada sobre sus orígenes todavía. Y su madre, a la que no le gustaba hablar del tema, fruncía el ceño. Se aclaró la garganta—: Eh... no teníamos tiempo para historias. Estábamos... ocupados en otros asuntos.
—Asuntos de guerra —murmuró Juliana.
Gawain alargó el brazo para posar su mano sobre la de ella:
—Querida esposa mía. —La sonrisa que Juliana le dedicó como respuesta fue muy forzada.
—Lady Juliana —terció Robin, galantemente—, no te preocupes por eso. Deja esos asuntos a los hombres que están preparados para la guerra.
Ella lo miró con el ceño fruncido:
—Si dejaran que la guerra la hicieran las mujeres, que no están preparadas para ella —repuso—, no habría luchas. —Robin se sonrojó y levantó una mano en señal de disculpa.
—Bien dicho —la felicitó lady Clarice sonriendo.
—Juliana, dinos lo que más te gusta hacer en tu casa, en Escocia —pidió Catherine—. ¿Dónde está tu castillo?
—Tiempo atrás vivía en un lugar llamado Elladoune —repuso Juliana—. Fue arrasado por los ingleses. —La brusquedad con que habló hizo que tanto lady Clarice como las gemelas contuvieran la respiración. Gawain frunció el ceño, cauto—. Mi madre nos contaba a mis hermanos y a mí muchas historias y leyendas acerca de guerreros y damas... Historias mágicas y maravillosas —siguió. Aliviado, Gawain deseó y esperó que Juliana no tuviera la intención de volver al otro tema—. Más adelante, vivimos en los bosques, con proscritos y familias desposeídas de sus pertenencias. Allí aprendí a esconderme de los soldados ingleses. Y también allí oí las fascinantes historias que, por la noche, junto a la hoguera, contaba un bardo al que la guerra había dejado sin hogar.
—Oh, Dios mío —exclamó desmayadamente lady Clarice—. ¡Sin hogar! Por todos los santos. No nos habíamos dado cuenta de que eres... una víctima de la guerra escocesa.
—La mayoría de los escoceses son víctimas de la guerra, de un modo u otro, mamá —intervino Gawain. Se sentía extrañamente abatido, porque hasta entonces no sabía que Juliana había vivido sin hogar después de salir de Elladoune. Miró al perro y lo acarició, diciéndose que debería de haberle preguntado a Juliana acerca de su vida.
—Viví en los bosques durante dos años, señora —continuó Juliana—. Allí estábamos a salvo, con otra gente a la que se lo habían quitado todo. Aprendimos a valemos por nosotros mismos y a esquivar a los ingleses. —Sí, pensó Gawain, escuchándola. Juliana sabía perfectamente cómo valerse por sí misma. Y ahora, él comprendía por qué le era tan difícil confiar en los caballeros ingleses.
—Sigue —dijo Catherine—. ¿Qué pasó luego?
—Mi padre murió luchando por la libertad, y mi madre, completamente afligida, se confinó en un convento. Nos acogió un primo suyo, un abad, y vivimos en su casa, en las tierras de la abadía, no en el propio monasterio. Su hermana, que también es su ama de llaves, vivía con nosotros. Mis dos hermanos mayores ya se habían ido a luchar con los rebeldes, y todavía siguen con ellos. Tengo cuatro hermanos, dos mayores y dos menores que yo —añadió.
—¿Y cómo llegaste a ser una invitada en la corte del rey, si tus parientes son rebeldes escoceses? —preguntó Eleanor, llena de curiosidad.
Gawain siguió con la atención fija en el perro, echado junto a sus rodillas, y las manos de Juliana continuaron inmóviles sobre la gatita.
—Era una invitada, mamá —intervino Robin—. Como te dije cuando llegué, estaba invitada a la fiesta del rey para representar la esperanza y los deseos del rey de que la guerra contra Escocia acabe pronto. Iba vestida de cisne, un traje de satén y plumas, y el propio rey la llamó su Doncella Cisne. Estaba preciosa, ¿verdad, Gawain?
—Me dejó sin aliento, lo juro —murmuró Gawain. Aquello, al menos, era cierto. Acarició el lomo del perro.
—¿De cisne? Oh, aquel gracioso bonete de plumas —dijo Clarice, asintiendo con la cabeza.
Gawain lanzó un suspiro y se echó hacia atrás en la silla, frotándose la barbilla con una mano. Quería mucho a su bondadosa familia, pero también sabía que a menudo encontraban que la verdad era demasiado difícil para enfrentarse a ella. Si Henry y Edmund hubieran estado allí, habrían secundado la historia de Robin.
La familia de Gawain prefería los ideales y las versiones adornadas de la verdad, y evitaba los temas emocionales complejos. Gawain había visto cómo esa costumbre se intensificaba durante los años de enfermedad de su madre. Henry en particular quería protegerla y proporcionarle felicidad, incluso si para ello tenía que disfrazar la verdad.
Aquella tendencia, sin embargo, ya venía de lejos. Los orígenes escoceses de Gawain apenas sí se mencionaban alguna que otra vez. A él, esto le había dolido cuando era un jovencito, pero con el tiempo lo fue comprendiendo. Su madre quería que se convirtiera en un caballero respetado, y no quería que la mácula de su pasado o su nombre se interpusiera. Y Gawain sospechaba que, además, ella aún se sentía afligida por la pérdida de su padre, al que tanto había adorado.
De todos modos, su madre también quería mucho a Henry, y este, a su vez, la adoraba. Le había proporcionado una vida acomodada y privilegiada, y había protegido a su familia en Avenel.
Si querían edulcorar la verdad acerca de Juliana, Gawain no iba a corregirlos. Por sí mismo, él jamás adornaba o negaba ningún asunto.
La educación que había recibido en sus primeros años por parte de su padre escocés le había dejado el empeño por la sinceridad.
Miró a Juliana. Ella también tenía la perspicaz franqueza de los escoceses, cosa que a Gawain le parecía de lo más reconfortante y de fiar. Eso era parte del atractivo que encontraba en ella. Juliana tampoco podía entender las normas tácitas de la familia Avenel.
Pero parecía percibirlas, porque había aceptado sin réplica todo lo que se había dicho y hecho con respecto a ella. Aunque sus delicadas cejas se fruncían sobre sus ojos de zafiro, se guardaba sus pensamientos y su genio (y también la verdad) para sí. Una vez más, Gawain la bendijo por ello.
—Por supuesto, siendo hijo mío, Gawain sería un perfecto Caballero Cisne —siguió lady Clarice, aún hablando sobre la fiesta del rey—. Mi familia son los De Bohuns, Juliana. Los Cisnes han sido parte de nuestro escudo durante generaciones. Se dice que, hace mucho tiempo, uno de nuestros antepasados fue un legendario Caballero Cisne llamado Helias.
Juliana miró a Gawain con los ojos como platos. Él se encogió de hombros, un tanto tímido. La idea de un Caballero Cisne, años atrás, no se le había ocurrido de la nada.
—También tenemos un cisne en el escudo de los Lindsay —repuso Juliana—. Los cisnes han habitado el lago entre Elladoune y la abadía de Inchfillan desde tiempos inmemoriales. Hay una leyenda acerca de cómo aparecieron allí por primera vez.
—Me encantaría escuchar esa historia —intervino Eleanor.
—Algún día te la contaré —prometió Juliana—. Lady Clarice, ¿se encuentra mal?
Gawain se sobresaltó, porque su madre había alzado una mano y se había cubierto el rostro con ella. La volvió a bajar.
—No es nada. Estoy segura de que los cisnes que habitan cerca de tu hogar son una imagen preciosa. —Su voz sonaba ahuecada—. A Gawain... le complacería mucho verla. —Su mirada se cruzó con la de su hijo y se desvió al instante, y Gawain supo que su madre estaba recordando un motivo de tristeza.
—Mi marido tendrá ciertamente la oportunidad de ver los cisnes de Elladoune cuando lleguemos allí—dijo Juliana, sonriendo.
Bendita Juliana, una vez más, pensó Gawain, por comportarse así por el bien de su madre. Alargó una mano para rozarle la mejilla. Por un instante, el matrimonio entre ambos pareció algo real, y maravilloso, sin rastro de fingimiento. Gawain podía imaginarse fácilmente amando a Juliana.
Ella ladeó la cabeza y se apartó del roce de Gawain sin decir nada.
—Estoy cansada, y voy a meterme en la cama —anunció lady Clarice—. Mis hijas también deben retirarse a dormir. Juliana, sé de nuevo bienvenida a nuestra familia. Ya veo lo mucho que mi hijo te quiere, y lo mucho que lo quieres tú. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Eso me llena de felicidad.
Gawain tomó la mano de Juliana y la besó. Ella enroscó los dedos con los de él en un cálido y suave gesto.
—Nosotras también estamos contentas —dijo Catherine—. Pero lamentamos habernos perdido la ceremonia de vuestra boda.
—¡Haremos otra celebración para todos nosotros! —exclamó Eleanor. Le hizo un gesto a Catherine, que se le acercó, y luego asintió.
—Pero si ya hemos tenido una maravillosa fiesta con esta cena —dijo lady Clarice.
—Pero sin la diversión de una boda... con baile, música, invitados —protestó Catherine—. Juliana es la primera invitada que hemos tenido en mucho tiempo, aparte de los amigos de papá, que sólo quieren discutir sobre políticas militares. —Eleanor asintió, completamente de acuerdo.
—Juliana y yo hemos hecho un largo viaje, y estamos demasiado cansados para músicas y festejos —intervino Gawain—. Es mucho mejor que tengamos tranquilidad en el hogar, por el bienestar de mamá. Más adelante, cuando se sienta mejor, organizaremos un baile, si queréis.
Eleanor se cruzó de brazos, petulante:
—Creo que deberías pagarnos una prenda, ya que nos privas de disfrutar de una celebración.
—Y que no nos dejas ir a la corte del rey —añadió Catherine.
—¿Qué prenda? —preguntó Gawain—. ¿Tengo que bailar o cantar, como hacen en la corte?
—Os vais a arrepentir, si le pedís que haga cualquiera de las dos cosas —bromeó Robin.
Las gemelas rieron, y Eleanor tuvo una idea:
—¡Os seguiremos hasta vuestro dormitorio haciendo sonar cuernos y tambores, y llevando flores y velas, como se hace en la noche de bodas! ¡Os conduciremos hasta vuestra cama con gran ceremonia y bullicio para bendecir vuestra unión y mantener a los malos espíritus a raya!
Gawain miró a sus hermanas con amargura:
—Ya tuvimos nuestra primera noche —dijo, muy serio.
—Gawain y Juliana están demasiado agotados para algarabías —intervino lady Clarice— Y vosotras dos no tenéis por qué ser testigos cuando se vayan a la cama —añadió.
—Oh, mamá, ¡pero si ya lo sabemos todo sobre esos temas! Escucha lo que la heroína dice de Bevis... —Eleanor buscó la página, señaló con el dedo y empezó a leer:
El caballero que yo he desposado
en la batalla no ha sido humillado
ni herido jamás.
Me ama de noche, de día, sin tregua,
y con sus besos y abrazos me llena de felicidad...
—¡Oh, cuánta felicidad! —gritó Catherine, juntando las manos—. ¡El goce del verdadero amor!
—¡Oh, sí! —exclamó Eleanor como un eco—. ¡Gawain nos debe unos besos como prenda!
Catherine lanzó unos grititos, en señal de completo acuerdo, hila y Eleanor sonrieron pícaramente a su hermano mayor.
Juliana (Gawain se dio cuenta en aquel momento) se reía, con el rostro escondido contra el níveo pelaje de la gatita. Refunfuñando, para causar impresión, Gawain se levantó de su silla y se inclinó para besar primero a una y luego a la otra de las jocosas gemelas en la mejilla.
—No, tonto, a nosotras no —dijo Eleanor—. ¡Besa a la novia!
—¡Cada vez que lo digamos, tienes que besar a la novia! —añadió Catherine, asintiendo a Eleanor—. ¡Esa es la prenda!
—¡Nos lo debes! Lo que más queríamos era verte casado —insistió Eleanor—. Mamá decía que eso no sucedería nunca, ya lo sabes, pero nosotras albergábamos la esperanza de que le gustaras a alguien.
Gawain vio que Robin disimulaba una mueca tras la mano. Los ojos de su madre brillaban de regocijo. En un rincón, Philippa se reía por lo bajo mientras cosía una costura.
Juliana sonrió, con las mejillas sonrosadas. Gawain lanzó un teatral suspiro y se inclinó para besarla. Ella le ofreció la mejilla y él la besó castamente. Olía a rosas y lavanda, después del baño. Insensatamente, sintió ganas de alargar aquel roce.
—¡En la boca, sin tregua... como describe el libro! —insistió Catherine.
—¡Llénala de felicidad, estúpido patán! —graznó Eleanor.
—Jovencitas... —las amonestó lady Clarice.
—Oh, vamos, deja que pague su prenda —dijo Robin—. Gawain le debe a su esposa un poco de cortesía, porque apuesto que la precipitada boda (y también lo que siguió) no fue precisamente lo que la dama había imaginado en sueños.
Gawain le dedicó una mordaz mirada. Una vez más se inclinó hacia Juliana, con la intención de besarla de nuevo en la mejilla, pero ella volvió el rostro y sus labios se rozaron. Después de un instante de vertiginosa dulzura, Gawain se apartó.
Las muchachas aplaudieron. Gawain sonrió, contento de ver que su madre se reía. Se sentía responsable en parte de la tristeza que había caído sobre su familia en los últimos tiempos. Ninguno de sus miembros se había reído con ganas desde la muerte de Geoffrey.
Juliana, sin embargo, no sonrió, sino que se sonrojó y desvió su atención de nuevo hacia la gatita blanca.
—Ya está —dijo Gawain a las muchachas—. Ya he pagado la prenda. Ahora, iros a la cama.
Catherine miró a Eleanor:
—Mañana pediremos más besos. ¡Una boda decente debe celebrarse durante días enteros!
—¡Sí, nos debes más celebraciones! —dijo Eleanor a Gawain.
—Y lady Juliana necesita más motivos de felicidad —susurró en tono audible Catherine. Eleanor soltó una risita como respuesta.
—Buenas noches, hijas —dijo lady Clarice— Philippa, llévalas con su doncella, por favor.
Philippa se levantó de la silla mientras las gemelas besaban a su madre. Eleanor cogió el libro de la historia de Bevis y ambas abandonaron la estancia cuchicheando.
—Esas dos chiquillas —dijo Gawain—, están muy mimadas.
—Son jóvenes —repuso suavemente lady Clarice—. Deja que disfruten. Puede que la vida no tarde mucho en robarles la alegría. —Se puso en pie—. ¿Puede alguien ayudarme a meterme en la cama? —preguntó débilmente. Gawain se acercó rápidamente a ella, y también Robin.
—Deje que la ayude yo, señora —dijo Juliana, levantándose. Le entregó la gatita a Gawain y se acercó a lady Clarice.
—Gracias, querida —repuso la mujer, aceptando la oferta de Juliana—. Philippa volverá dentro de unos minutos. Gawain y tú deberíais retiraros también. Debéis de estar muy cansados después de vuestro viaje. —Lady Clarice empezó a caminar con Juliana y miró a sus hijos—: Robin, avisa a un paje y dile que lleve vino caliente a mi habitación, para mí y para Juliana. Gawain, tu esposa tiene ojeras... en parte por su belleza, pero en parte por el agotamiento. Procura que descanse.
—Lo haré, mamá —repuso Gawain suavemente, abriendo la puerta que llevaba a la habitación de su madre. Juliana acompañó a la frágil mujer—. Con Dios.
Se volvió hacia Robin, que le miraba:
—Tu esposa no es tan callada, después de todo —le dijo—. Así pues, ¿ese misterioso silencio suyo es tan sólo una artimaña?
—Sí. Pero nosotros, los Avenel, estamos bastante familiarizados con el hecho de fingir.
Robin pareció avergonzarse:
—Papá me indicó que le dijera a mamá que Juliana era una invitada del rey, y que la escogió para ti como deferencia. Pensó que no reaccionaría bien ante la verdad acerca de tu esposa.
—Entiendo —repuso Gawain. Miró a la garita, que se retorcía, juguetona en sus manos, y acarició su diminuta y nívea cabecita con suavidad—. Me pregunto si alguno de nosotros conocerá algún día la absoluta verdad acerca de mi esposa —masculló casi para sí.
—No le diré a nadie que habla, si es un secreto —prometió Robin.
—Bien. Ella quiere que no salga de nosotros. Tiene sus razones, sean las que sean.
—Cuando lleguéis a Escocia, no tardarás en saberlas —repuso Robin—. Buenas noches, pues. Haré que suban el vino caliente. Deseo que tengas suerte en tu matrimonio, hermano —añadió con una leve sonrisa—. Mamá está encantada. Y eso es lo que más importa, ¿no es así?
Gawain alzó a la gatita y miró sus ojos enormes e inocentes:
—Sí —respondió en voz baja, y soltó una tierna risilla cuando el animalito frotó la cabeza contra su nariz.
—Mírala. Otra linda y jovencita criatura que quiere un beso tuyo como prenda —dijo Robin, riendo mientras salía de la habitación.
La. voz de Eleanor resbaló por los primeros pasajes de la historia de Bevis de Hampton. Escuchándola, Gawain alargó una mano para acariciar las orejas del viejo galgo que descansaba frente al fuego.
La dama a la que me refiero era bella, de vivo genio y alto abolengo.
Gawain miró de reojo a Juliana. Sentada en la silla de al lado, tenía la garita blanca en el regazo y también escuchaba. Desde luego, el destino le había proporcionado a Gawain una bella dama de Escocia, pensó. Lo que vendría en un futuro, no lo sabía.
Un gruñido de Robin distrajo su atención. Su hermanastro estaba sentado a una mesa, frente a Catherine, en el otro extremo del tablero de ajedrez. Se lamentaba de una hábil jugada que ella acababa de hacer.
Eleanor seguía leyendo, enroscada a los pies de su madre, al otro lado del hogar, volviendo las páginas de pergamino del manuscrito ilustrado. Lady Clarice escuchaba, con una manta echada sobre las rodillas, aunque la estancia estaba bastante caldeada. Ahogó una tos detrás de un pañuelo y tomó un sorbito de vino. Philippa levantó la mirada al instante desde su silla del rincón, donde cosía.
A pesar de la triste incertidumbre de la enfermedad de su madre, Gawain se sentía un poco feliz. Lo que le sorprendía era que la presencia de Juliana contribuía en enorme medida a ello. La observó mientras ella balanceaba un lazo sobre la gatita, para regocijo de esta.
Y deseó que aquellos instantes de paz y armonía (como una burbuja que contuviera el paraíso) perduraran indefinidamente.
Su mirada recorrió a Juliana de la cabeza a los pies, y de nuevo hasta la cabeza. El vestido morado contrastaba con su palidez dorada, y sus mejillas estaban sonrosadas a causa del calorcillo de las llamas del fuego. El corte del traje realzaba su delicado cuerpo y revelaba la gracia de su largo cuello. Profundamente atraído por Juliana, pero sin saber cómo se sentía ella, Gawain desvió la mirada. Eleanor había acabado el pasaje, y tanto ella como su madre le estaban mirando fijamente.
—Una bonita historia —se apresuró a decir Gawain. La conocía más por lo que había leído con anterioridad, que por lo que había escuchado ahora mismo—. Una aventura apasionante, aunque sin la sensibilidad poética que nuestra madre prefiere en una larga historia épica, como por ejemplo Gawain y el Caballero Verde.
—Sin duda nadie puede superar al poeta Gawain. —Lady Clarice sonrió—. Es una de mis favoritas... y quizás sea el motivo por el que llamé así a mi hijo. —Sonrió de nuevo—. Pero esta historia es emocionante. Escucharemos un trozo más mañana al atardecer. Juliana, ¿habías oído ya la historia de Bevis?
Juliana meneó la cabeza, y sus dedos dejaron por un momento de acariciar a la gatita:
—Es nueva para mí, señora.
—Sin duda. Juliana habrá oído muchas otras historias —intervino Catherine—. Se dice que los narradores escoceses son los mejores.
Gawain, seguro que tú recuerdas las historias de tu infancia, ¿verdad?
Él se encogió de hombros:
—Hace mucho de eso —murmuró—. Mi abuelo... —De repente, se calló, al caer en la cuenta de que Juliana no sabía nada sobre sus orígenes todavía. Y su madre, a la que no le gustaba hablar del tema, fruncía el ceño. Se aclaró la garganta—: Eh... no teníamos tiempo para historias. Estábamos... ocupados en otros asuntos.
—Asuntos de guerra —murmuró Juliana.
Gawain alargó el brazo para posar su mano sobre la de ella:
—Querida esposa mía. —La sonrisa que Juliana le dedicó como respuesta fue muy forzada.
—Lady Juliana —terció Robin, galantemente—, no te preocupes por eso. Deja esos asuntos a los hombres que están preparados para la guerra.
Ella lo miró con el ceño fruncido:
—Si dejaran que la guerra la hicieran las mujeres, que no están preparadas para ella —repuso—, no habría luchas. —Robin se sonrojó y levantó una mano en señal de disculpa.
—Bien dicho —la felicitó lady Clarice sonriendo.
—Juliana, dinos lo que más te gusta hacer en tu casa, en Escocia —pidió Catherine—. ¿Dónde está tu castillo?
—Tiempo atrás vivía en un lugar llamado Elladoune —repuso Juliana—. Fue arrasado por los ingleses. —La brusquedad con que habló hizo que tanto lady Clarice como las gemelas contuvieran la respiración. Gawain frunció el ceño, cauto—. Mi madre nos contaba a mis hermanos y a mí muchas historias y leyendas acerca de guerreros y damas... Historias mágicas y maravillosas —siguió. Aliviado, Gawain deseó y esperó que Juliana no tuviera la intención de volver al otro tema—. Más adelante, vivimos en los bosques, con proscritos y familias desposeídas de sus pertenencias. Allí aprendí a esconderme de los soldados ingleses. Y también allí oí las fascinantes historias que, por la noche, junto a la hoguera, contaba un bardo al que la guerra había dejado sin hogar.
—Oh, Dios mío —exclamó desmayadamente lady Clarice—. ¡Sin hogar! Por todos los santos. No nos habíamos dado cuenta de que eres... una víctima de la guerra escocesa.
—La mayoría de los escoceses son víctimas de la guerra, de un modo u otro, mamá —intervino Gawain. Se sentía extrañamente abatido, porque hasta entonces no sabía que Juliana había vivido sin hogar después de salir de Elladoune. Miró al perro y lo acarició, diciéndose que debería de haberle preguntado a Juliana acerca de su vida.
—Viví en los bosques durante dos años, señora —continuó Juliana—. Allí estábamos a salvo, con otra gente a la que se lo habían quitado todo. Aprendimos a valemos por nosotros mismos y a esquivar a los ingleses. —Sí, pensó Gawain, escuchándola. Juliana sabía perfectamente cómo valerse por sí misma. Y ahora, él comprendía por qué le era tan difícil confiar en los caballeros ingleses.
—Sigue —dijo Catherine—. ¿Qué pasó luego?
—Mi padre murió luchando por la libertad, y mi madre, completamente afligida, se confinó en un convento. Nos acogió un primo suyo, un abad, y vivimos en su casa, en las tierras de la abadía, no en el propio monasterio. Su hermana, que también es su ama de llaves, vivía con nosotros. Mis dos hermanos mayores ya se habían ido a luchar con los rebeldes, y todavía siguen con ellos. Tengo cuatro hermanos, dos mayores y dos menores que yo —añadió.
—¿Y cómo llegaste a ser una invitada en la corte del rey, si tus parientes son rebeldes escoceses? —preguntó Eleanor, llena de curiosidad.
Gawain siguió con la atención fija en el perro, echado junto a sus rodillas, y las manos de Juliana continuaron inmóviles sobre la gatita.
—Era una invitada, mamá —intervino Robin—. Como te dije cuando llegué, estaba invitada a la fiesta del rey para representar la esperanza y los deseos del rey de que la guerra contra Escocia acabe pronto. Iba vestida de cisne, un traje de satén y plumas, y el propio rey la llamó su Doncella Cisne. Estaba preciosa, ¿verdad, Gawain?
—Me dejó sin aliento, lo juro —murmuró Gawain. Aquello, al menos, era cierto. Acarició el lomo del perro.
—¿De cisne? Oh, aquel gracioso bonete de plumas —dijo Clarice, asintiendo con la cabeza.
Gawain lanzó un suspiro y se echó hacia atrás en la silla, frotándose la barbilla con una mano. Quería mucho a su bondadosa familia, pero también sabía que a menudo encontraban que la verdad era demasiado difícil para enfrentarse a ella. Si Henry y Edmund hubieran estado allí, habrían secundado la historia de Robin.
La familia de Gawain prefería los ideales y las versiones adornadas de la verdad, y evitaba los temas emocionales complejos. Gawain había visto cómo esa costumbre se intensificaba durante los años de enfermedad de su madre. Henry en particular quería protegerla y proporcionarle felicidad, incluso si para ello tenía que disfrazar la verdad.
Aquella tendencia, sin embargo, ya venía de lejos. Los orígenes escoceses de Gawain apenas sí se mencionaban alguna que otra vez. A él, esto le había dolido cuando era un jovencito, pero con el tiempo lo fue comprendiendo. Su madre quería que se convirtiera en un caballero respetado, y no quería que la mácula de su pasado o su nombre se interpusiera. Y Gawain sospechaba que, además, ella aún se sentía afligida por la pérdida de su padre, al que tanto había adorado.
De todos modos, su madre también quería mucho a Henry, y este, a su vez, la adoraba. Le había proporcionado una vida acomodada y privilegiada, y había protegido a su familia en Avenel.
Si querían edulcorar la verdad acerca de Juliana, Gawain no iba a corregirlos. Por sí mismo, él jamás adornaba o negaba ningún asunto.
La educación que había recibido en sus primeros años por parte de su padre escocés le había dejado el empeño por la sinceridad.
Miró a Juliana. Ella también tenía la perspicaz franqueza de los escoceses, cosa que a Gawain le parecía de lo más reconfortante y de fiar. Eso era parte del atractivo que encontraba en ella. Juliana tampoco podía entender las normas tácitas de la familia Avenel.
Pero parecía percibirlas, porque había aceptado sin réplica todo lo que se había dicho y hecho con respecto a ella. Aunque sus delicadas cejas se fruncían sobre sus ojos de zafiro, se guardaba sus pensamientos y su genio (y también la verdad) para sí. Una vez más, Gawain la bendijo por ello.
—Por supuesto, siendo hijo mío, Gawain sería un perfecto Caballero Cisne —siguió lady Clarice, aún hablando sobre la fiesta del rey—. Mi familia son los De Bohuns, Juliana. Los Cisnes han sido parte de nuestro escudo durante generaciones. Se dice que, hace mucho tiempo, uno de nuestros antepasados fue un legendario Caballero Cisne llamado Helias.
Juliana miró a Gawain con los ojos como platos. Él se encogió de hombros, un tanto tímido. La idea de un Caballero Cisne, años atrás, no se le había ocurrido de la nada.
—También tenemos un cisne en el escudo de los Lindsay —repuso Juliana—. Los cisnes han habitado el lago entre Elladoune y la abadía de Inchfillan desde tiempos inmemoriales. Hay una leyenda acerca de cómo aparecieron allí por primera vez.
—Me encantaría escuchar esa historia —intervino Eleanor.
—Algún día te la contaré —prometió Juliana—. Lady Clarice, ¿se encuentra mal?
Gawain se sobresaltó, porque su madre había alzado una mano y se había cubierto el rostro con ella. La volvió a bajar.
—No es nada. Estoy segura de que los cisnes que habitan cerca de tu hogar son una imagen preciosa. —Su voz sonaba ahuecada—. A Gawain... le complacería mucho verla. —Su mirada se cruzó con la de su hijo y se desvió al instante, y Gawain supo que su madre estaba recordando un motivo de tristeza.
—Mi marido tendrá ciertamente la oportunidad de ver los cisnes de Elladoune cuando lleguemos allí—dijo Juliana, sonriendo.
Bendita Juliana, una vez más, pensó Gawain, por comportarse así por el bien de su madre. Alargó una mano para rozarle la mejilla. Por un instante, el matrimonio entre ambos pareció algo real, y maravilloso, sin rastro de fingimiento. Gawain podía imaginarse fácilmente amando a Juliana.
Ella ladeó la cabeza y se apartó del roce de Gawain sin decir nada.
—Estoy cansada, y voy a meterme en la cama —anunció lady Clarice—. Mis hijas también deben retirarse a dormir. Juliana, sé de nuevo bienvenida a nuestra familia. Ya veo lo mucho que mi hijo te quiere, y lo mucho que lo quieres tú. —Sus ojos se llenaron de lágrimas—.
Eso me llena de felicidad.
Gawain tomó la mano de Juliana y la besó. Ella enroscó los dedos con los de él en un cálido y suave gesto.
—Nosotras también estamos contentas —dijo Catherine—. Pero lamentamos habernos perdido la ceremonia de vuestra boda.
—¡Haremos otra celebración para todos nosotros! —exclamó Eleanor. Le hizo un gesto a Catherine, que se le acercó, y luego asintió.
—Pero si ya hemos tenido una maravillosa fiesta con esta cena —dijo lady Clarice.
—Pero sin la diversión de una boda... con baile, música, invitados —protestó Catherine—. Juliana es la primera invitada que hemos tenido en mucho tiempo, aparte de los amigos de papá, que sólo quieren discutir sobre políticas militares. —Eleanor asintió, completamente de acuerdo.
—Juliana y yo hemos hecho un largo viaje, y estamos demasiado cansados para músicas y festejos —intervino Gawain—. Es mucho mejor que tengamos tranquilidad en el hogar, por el bienestar de mamá. Más adelante, cuando se sienta mejor, organizaremos un baile, si queréis.
Eleanor se cruzó de brazos, petulante:
—Creo que deberías pagarnos una prenda, ya que nos privas de disfrutar de una celebración.
—Y que no nos dejas ir a la corte del rey —añadió Catherine.
—¿Qué prenda? —preguntó Gawain—. ¿Tengo que bailar o cantar, como hacen en la corte?
—Os vais a arrepentir, si le pedís que haga cualquiera de las dos cosas —bromeó Robin.
Las gemelas rieron, y Eleanor tuvo una idea:
—¡Os seguiremos hasta vuestro dormitorio haciendo sonar cuernos y tambores, y llevando flores y velas, como se hace en la noche de bodas! ¡Os conduciremos hasta vuestra cama con gran ceremonia y bullicio para bendecir vuestra unión y mantener a los malos espíritus a raya!
Gawain miró a sus hermanas con amargura:
—Ya tuvimos nuestra primera noche —dijo, muy serio.
—Gawain y Juliana están demasiado agotados para algarabías —intervino lady Clarice— Y vosotras dos no tenéis por qué ser testigos cuando se vayan a la cama —añadió.
—Oh, mamá, ¡pero si ya lo sabemos todo sobre esos temas! Escucha lo que la heroína dice de Bevis... —Eleanor buscó la página, señaló con el dedo y empezó a leer:
El caballero que yo he desposado
en la batalla no ha sido humillado
ni herido jamás.
Me ama de noche, de día, sin tregua,
y con sus besos y abrazos me llena de felicidad...
—¡Oh, cuánta felicidad! —gritó Catherine, juntando las manos—. ¡El goce del verdadero amor!
—¡Oh, sí! —exclamó Eleanor como un eco—. ¡Gawain nos debe unos besos como prenda!
Catherine lanzó unos grititos, en señal de completo acuerdo, hila y Eleanor sonrieron pícaramente a su hermano mayor.
Juliana (Gawain se dio cuenta en aquel momento) se reía, con el rostro escondido contra el níveo pelaje de la gatita. Refunfuñando, para causar impresión, Gawain se levantó de su silla y se inclinó para besar primero a una y luego a la otra de las jocosas gemelas en la mejilla.
—No, tonto, a nosotras no —dijo Eleanor—. ¡Besa a la novia!
—¡Cada vez que lo digamos, tienes que besar a la novia! —añadió Catherine, asintiendo a Eleanor—. ¡Esa es la prenda!
—¡Nos lo debes! Lo que más queríamos era verte casado —insistió Eleanor—. Mamá decía que eso no sucedería nunca, ya lo sabes, pero nosotras albergábamos la esperanza de que le gustaras a alguien.
Gawain vio que Robin disimulaba una mueca tras la mano. Los ojos de su madre brillaban de regocijo. En un rincón, Philippa se reía por lo bajo mientras cosía una costura.
Juliana sonrió, con las mejillas sonrosadas. Gawain lanzó un teatral suspiro y se inclinó para besarla. Ella le ofreció la mejilla y él la besó castamente. Olía a rosas y lavanda, después del baño. Insensatamente, sintió ganas de alargar aquel roce.
—¡En la boca, sin tregua... como describe el libro! —insistió Catherine.
—¡Llénala de felicidad, estúpido patán! —graznó Eleanor.
—Jovencitas... —las amonestó lady Clarice.
—Oh, vamos, deja que pague su prenda —dijo Robin—. Gawain le debe a su esposa un poco de cortesía, porque apuesto que la precipitada boda (y también lo que siguió) no fue precisamente lo que la dama había imaginado en sueños.
Gawain le dedicó una mordaz mirada. Una vez más se inclinó hacia Juliana, con la intención de besarla de nuevo en la mejilla, pero ella volvió el rostro y sus labios se rozaron. Después de un instante de vertiginosa dulzura, Gawain se apartó.
Las muchachas aplaudieron. Gawain sonrió, contento de ver que su madre se reía. Se sentía responsable en parte de la tristeza que había caído sobre su familia en los últimos tiempos. Ninguno de sus miembros se había reído con ganas desde la muerte de Geoffrey.
Juliana, sin embargo, no sonrió, sino que se sonrojó y desvió su atención de nuevo hacia la gatita blanca.
—Ya está —dijo Gawain a las muchachas—. Ya he pagado la prenda. Ahora, iros a la cama.
Catherine miró a Eleanor:
—Mañana pediremos más besos. ¡Una boda decente debe celebrarse durante días enteros!
—¡Sí, nos debes más celebraciones! —dijo Eleanor a Gawain.
—Y lady Juliana necesita más motivos de felicidad —susurró en tono audible Catherine. Eleanor soltó una risita como respuesta.
—Buenas noches, hijas —dijo lady Clarice— Philippa, llévalas con su doncella, por favor.
Philippa se levantó de la silla mientras las gemelas besaban a su madre. Eleanor cogió el libro de la historia de Bevis y ambas abandonaron la estancia cuchicheando.
—Esas dos chiquillas —dijo Gawain—, están muy mimadas.
—Son jóvenes —repuso suavemente lady Clarice—. Deja que disfruten. Puede que la vida no tarde mucho en robarles la alegría. —Se puso en pie—. ¿Puede alguien ayudarme a meterme en la cama? —preguntó débilmente. Gawain se acercó rápidamente a ella, y también Robin.
—Deje que la ayude yo, señora —dijo Juliana, levantándose. Le entregó la gatita a Gawain y se acercó a lady Clarice.
—Gracias, querida —repuso la mujer, aceptando la oferta de Juliana—. Philippa volverá dentro de unos minutos. Gawain y tú deberíais retiraros también. Debéis de estar muy cansados después de vuestro viaje. —Lady Clarice empezó a caminar con Juliana y miró a sus hijos—: Robin, avisa a un paje y dile que lleve vino caliente a mi habitación, para mí y para Juliana. Gawain, tu esposa tiene ojeras... en parte por su belleza, pero en parte por el agotamiento. Procura que descanse.
—Lo haré, mamá —repuso Gawain suavemente, abriendo la puerta que llevaba a la habitación de su madre. Juliana acompañó a la frágil mujer—. Con Dios.
Se volvió hacia Robin, que le miraba:
—Tu esposa no es tan callada, después de todo —le dijo—. Así pues, ¿ese misterioso silencio suyo es tan sólo una artimaña?
—Sí. Pero nosotros, los Avenel, estamos bastante familiarizados con el hecho de fingir.
Robin pareció avergonzarse:
—Papá me indicó que le dijera a mamá que Juliana era una invitada del rey, y que la escogió para ti como deferencia. Pensó que no reaccionaría bien ante la verdad acerca de tu esposa.
—Entiendo —repuso Gawain. Miró a la garita, que se retorcía, juguetona en sus manos, y acarició su diminuta y nívea cabecita con suavidad—. Me pregunto si alguno de nosotros conocerá algún día la absoluta verdad acerca de mi esposa —masculló casi para sí.
—No le diré a nadie que habla, si es un secreto —prometió Robin.
—Bien. Ella quiere que no salga de nosotros. Tiene sus razones, sean las que sean.
—Cuando lleguéis a Escocia, no tardarás en saberlas —repuso Robin—. Buenas noches, pues. Haré que suban el vino caliente. Deseo que tengas suerte en tu matrimonio, hermano —añadió con una leve sonrisa—. Mamá está encantada. Y eso es lo que más importa, ¿no es así?
Gawain alzó a la gatita y miró sus ojos enormes e inocentes:
—Sí —respondió en voz baja, y soltó una tierna risilla cuando el animalito frotó la cabeza contra su nariz.
—Mírala. Otra linda y jovencita criatura que quiere un beso tuyo como prenda —dijo Robin, riendo mientras salía de la habitación.
jueves, 8 de junio de 2017
“Tiempo Prestado”
es una antología de temática postapocalíptica, coordinada por Sergio Fernández, en la que tienen cabida géneros tan diversos como el terror, la fantasía o la ciencia ficción, donde la calidad narrativa de cada uno de sus autores brilla con luz propia, y los nombres de los mismos hablan por sí solos.
La antología se compone de un prólogo firmado por Víctor Blázquez, autor de la exitosa trilogía de temática zombi “el cuarto jinete”, publicada por dolmen, entre otras obras de fuerte repercusión en el panorama nacional, y veinte relatos, acompañados todos por una ilustración personalizada.
Cada uno de estos relatos toca la temática postapocaliptica bajo el prisma personal de sus autores, destacando todos ellos por su originalidad y calidad narrativa. Si bien todos son muy diferentes entre sí, consiguen dotar al conjunto de la compilación de una consistencia y homogeneidad más que destacable, aunque no por ello repetitiva ni monótona.
Mención aparte merece el apartado de ilustraciones, que reflejan a la perfección la esencia de su correspondiente cuento. Los seis artistas han sabido dotar a cada una de sus obras de una calidad y un nivel difícilmente alcanzable en ninguna otra antología del panorama nacional.
“Tiempo Prestado” es muchos mundos diferentes comprimidos en uno solo, en los que el denominador común es la supervivencia en condiciones adversas, aderezado con altas dosis de terror, ciencia ficción, aventuras y fantasía.
https://lektu.com/l/gilead-ediciones/tiempo-prestado/7316
miércoles, 24 de mayo de 2017
CARTA ENCONTRADA EN EL DESVÁN
Septiembre/ 1940
Londres
Querido amigo, te escribo ésta carta esperando que te encuentres a salvo y bien de salud. Espero que te acuerdes de mi, soy aquella chica tímida que conociste en casa de la señora Weston antes de comenzar la guerra. Me regalaste un libro de poesía. ¿Te acuerdas? Estuvimos hablando durante horas sobre cine y música en el saloncito de nuestra amiga en común, y a la tarde siguiente me invitaste al cine a ver una película de Greta Garbo. Supongo que para ti fue una cita más, pero para mi fue la primera de mi vida y nunca olvidé tu amabilidad, ni tu amor por la literatura. Deseo que estés bien y que cuando termine ésta maldita guerra puedas regresar a tu hogar y comenzar tu carrera como escritor, tal como me dijiste. Vivimos una época muy difícil, son tiempos duros, de escasez, miseria, y muchas lágrimas, pero todos sabemos que vuestra situación en el frente es infinitamente peor que la nuestra. Espero que ésta humilde carta te reconforte allá donde te encuentres. Desde que comenzaron los bombardeos sobre Londres nos hemos tenido que ir acostumbrando al miedo poco a poco. Yo siempre fui una chica muy miedosa y aprensiva, pero desde que estamos atravesando ésta situación tan crítica, me he tenido que hacer fuerte y ya no se me para el corazón cuando escucho las sirenas, como antes. No se si te comenté que soy huérfana de madre desde que era niña, y no tengo casi parientes ya que mi padre murió hace poco de una neumonía. Siempre fui una chica bastante solitaria, refugiada en mis libros y en mis pobres sueños, pero ahora todo ha cambiado, no sólo alrededor, sino dentro de mi, es como si la guerra hubiese sacado la fuerza que había oculta en mi. Ahora soy más solidaria y siempre estoy pendiente de los más débiles. Durante el día estoy de dependienta en un puesto de suministro a la población y por las noches estoy en el refugio. La vieja pensión donde vivía con mi padre fue derruida en un bombardeo, aunque pude salvar algunas pertenencias que la señora Weston muy amablemente guarda en su casa. La vida en el refugio por extraño que te parezca, es agradable, después de pasados los minutos de terror, por supuesto. Se producen interminables tertulias y todos somos algo así como una familia. La semana pasada el dueño de un bazar nos regaló un viejo gramófono, y ya lo hemos estrenado, yo soy la encargada de cuidarlo y de poner los discos. La gente joven está muy entusiasmada con nuestra sesión de música, tenemos discos desde Mozart y Chopin, hasta Glenn Miller. He hecho muchas amistades en el refugio, sobretodo con gente mayor, siempre me ha atraído conversar con las personas mayores, ya que tienen mucha más experiencia y otra perspectiva de la vida. Un viejo funcionario muy amable me cuenta historias de cuando el sirvió como oficial en la India, creo que le gustaría ser uno de los valientes chicos de la R.A.F. Otro señor mayor que está ciego me dijo el otro día una frase muy bella : " Hija mia, en la vida hay muchas sombras horribles, pero también hay luces, luces maravillosas, procura fijarte en esas luces.." Pero aparte de esto, hay historias personales muy dramáticas, una señora mayor perdió a toda su familia en un ataque aéreo, yo siempre estoy dándole todo mi apoyo y consuelo. Hay mucho dolor e incertidumbre, pero también unas inmensas ganas de volver a sonreír y de recuperar nuestra vida cuando todo esto termine.. Siempre decimos " cuando pase la tormenta.. todo volverá a ser como antes..", y esa esperanza nos hace luchar para seguir viviendo. Nuestra amada ciudad ya no es lo que era, casi todos los barrios de la gente trabajadora en ruinas, mucha desolación, pero también hay como un espíritu de desafío en todos nosotros, supervivencia lo llaman, o carácter inglés, no lo sé, sólo sé que nos apoyamos unos a otros y tenemos la certeza de que vendrán tiempos mejores. La otra noche hubo mucho revuelo en el refugio, ya que una chica trajo la carta de su novio que está en el frente, y la leyó para todas nosotras, la conversación derribó del tema amoroso, al del casamiento, y todas las chicas comenzaron a hablar de sus novios, así que como a mi me preguntaron y no quise decir que nunca había tenido novio, te nombre a ti , disculpa mi atrevimiento y espero que no te molestes. La semana que viene todas las chicas traerán las cartas de sus prometidos y las leeremos, lo hemos llamado " sesión rosa epistolar", si no es mucho pedir, ¿podrías escribirme una carta como si fuéramos novios? solo será una vez, una mentira piadosa para no sentirme excluida entre tantas chicas enamoradas, que espero que todas vuelvan a ver a sus prometidos cuando pase ésta horrible tormenta.. Si no deseas escribirme esa carta, no pasa nada, me haré cargo amigo. La señora Weston me dijo donde estabas destinado, te aprecia mucho. Ruego al Cielo porque regreses sano y salvo de ésta cruel guerra, y que la vida en ésta ciudad que tanto amamos vuelva a se como antes, con nuestras pequeñas penas y alegrías, mirando al cielo para embellecer nuestra alma y no con temor como ahora . Espero no haberte molestado con esta carta tan extensa, pero necesitaba escribirte. Hasta siempre y Que Dios te bendiga amigo.
Afectuosamente:
Amelía Barret
P.D. : Cuando escribas tu primer libro seré la primera en leerlo.
_LA CHICA DEL REFUGIO _
La otra noche trasteando en el viejo desván, insomne y pensativa después de haber hallado la vieja carta de una desconocida, cuyo nombre jamás había escuchado, Amelía Barret; intenté buscar alguna información sobre aquella misteriosa dama, que le había escrito una emotiva carta a un soldado durante los bombardeos sobre Londres en 1940. Como no podía dormir releí la carta una y otra vez, intentando hallar la clave del porqué una carta escrita hacía más de 70 años por una extranjera, había ido a parar al viejo desván de mi casa. Cierto que ésta es una habitación mágica, donde ocurren cosas sorprendentes, a eso ya estoy acostumbrada, por eso es mi rincón preferido de ésta vieja y destartalada casa en la que estoy pasando una temporada. Soy la única inquilina, pues sus propietarios la alquilan a muy bajo precio, ya que apenas está amueblada y no tiene las comodidades de un hogar moderno, sin embargo yo me siento muy bien aquí, y creo que me quedaré por un tiempo indefinido.. El Desván de la aurora, como yo lo llamo es mi habitación preferida de ésta casa, un espacioso cuarto lleno de misterio y reliquias de otro tiempo, donde he descubierto historias maravillosas, sin embargo la carta que había hallado en el viejo baúl superaba con creces cualquier historia anterior. Reconocí aquella punzada de curiosidad como el presentimiento de que algo extraordinario debía serme revelado.. En ésta apartada ciudad de provincias pocas cosas interesante suceden, como no sea todo lo que sale a través de la televisión o los periódicos. Pero los misterios de mi desván son infinitamente más fantásticos y emocionantes.. A lo que iba, pues la otra noche me decidí a buscar información en el desván y para mi sorpresa hallé en el viejo y polvoriento baúl una novela de un tal Eduardo Rochester, me sonó algo familiar el nombre. Era una vieja novela, mal encuadernada y desgastada por el tiempo, cuyo titulo era _ La chica del Refugio_ . sentí la conocida punzada en el corazón, lo abrí y leí junto a una breve reseña sobre su autor, una frase escrita en inglés, " Para mi querida Amelía Barret con afecto ". Una rosa marchita, ya prensada por los años cayó de entre las páginas. Ya había encontrado una clave importante de éste enigma que me había mantenido desvelada durante días. Eduardo Rochester excombatiente de la II Guerra Mundial, británico y escritor de renombre, le había dedicado su primer libro a la chica que le escribió una preciosa carta cuando él se encontraba en el frente en 1940. Así que él regreso sano y salvo de la contienda, y comenzó su carrera como escritor, pero ¿qué fue de ella? ¿Se conocieron? ¿El le escribió aquella carta que ella le pidió..? Mi corazón palpitaba con fuerza.. Pero ¿cómo era posible que dos personas extranjeras que habían vivido en otro país hubiesen dejado una huella de su romántica amistad en mi desván..? Eso era lo que más me intrigaba.. ¿Hallaría alguna vez la respuesta? Miré en torno mio, cuantos objetos, cuantos vestigios de otras almas que habían amado y sufrido en esta vieja casa, todos tan desconocidos, y a la vez tan cercanos para mi.. Apreté la novela contra mi pecho, el sueño me estaba venciendo.. Me quedé dormida en el viejo desván pensando en Amelia y Eduardo..
domingo, 14 de mayo de 2017
- La chica del Desván
Pasó el tiempo y también mi juventud, y después de mucho sacrificio logré tener mi propio desván, El Desván de la aurora, mi habitación mágica e intemporal. ¡Oh, si! Fue un momento glorioso, pues desde mi pequeño desván podía conectar con ese mundo misteriosamente bello y sutil, donde nacen los sueños , y viajé a otros lugares y a otras épocas. Cada tarde y sobretodo cada amanecer, en esa hora serena y silenciosa, donde no es de noche ni de día, subía a mi desván, y entre cartas , poemas y libros polvorientos se iba forjando la escritora que había en mi. ¡Mi amado desván! Mi cuarto secreto y fantástico, hasta que un día de improviso, desapareció, sin dejar rastro..
¡Cuantas lágrimas derramé! Busqué y busqué, y no hubo forma de recuperarlo..
Era como si el polvo de los sueños se lo hubiera tragado, devolviéndolo a su universo natural..
Pero, ¿y yo..? Yo perdí hasta la inspiración, la fuerza creadora que me había hecho imaginar por un tiempo que podía llegar a ser una gran escritora, desmotivada ante la imposibilidad de recuperar mi desván dejé de escribir, y también de soñar..
Hasta que una mañana descubrí otra entrada secreta en el viejo pasadizo de la memoria, y después de cruzar un inmenso laberinto de sombras y amargos recuerdos, di con mi amado desván..Allí en el punto exacto donde la aurora desgrana su purpúrea magia, estaba mi desván, con las puertas de par en par, como esperándome.."
Hoy abre sus puertas de nuevo para todos vosotros, los que hicisteis posible que mi desván fuera conocido en todas partes, acompañándome y alentandome con vuestros bellos comentarios.
Bienvenidos de nuevo!
Aquí me encontraréis..
💖
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